Encontrar una voz propia como madres y padres
Muchos de quienes intentamos construir una crianza más consciente compartimos una preocupación parecida: ¿se puede criar sin repetir patrones? La pregunta parece sencilla, pero rara vez tiene una respuesta inmediata. Porque antes de cambiar nuestra manera de criar, necesitamos comprender de dónde vienen esas formas de mirar el mundo que, muchas veces, siguen guiando nuestras respuestas sin que siquiera lo advirtamos.
Hay una experiencia que muchas madres y padres describen de maneras muy parecidas. Un día se descubren diciéndoles a sus hijos exactamente la misma frase que juraron no repetir nunca. O reaccionando con una intensidad que los sorprende. O sintiendo que, aunque desean hacer las cosas de otra manera, hay algo que los empuja una y otra vez hacia respuestas que no terminan de sentir propias.
No suele ocurrir en los grandes momentos de la crianza. Sucede en escenas pequeñas y cotidianas: un berrinche antes de salir de casa, un vaso que se cae al piso, una noche en la que nadie puede dormir. Y recién después, cuando todo pasó y el apuro afloja, aparece una pregunta que resulta tan incómoda como inevitable: ¿de dónde salió esa reacción?
Durante mucho tiempo pensé que esa pregunta hablaba únicamente de nuestra historia personal. Creía que la respuesta estaba en la infancia, en las experiencias que habíamos vivido o en la forma en que nos habían criado. Con los años empecé a sospechar que la cuestión era un poco más compleja. Porque no heredamos solamente recuerdos o experiencias. También heredamos maneras de interpretar el mundo.
Aprendemos qué significa una familia mucho antes de poder definir la palabra familia. Aprendemos qué lugar ocupan los adultos, cómo se expresa el cariño, qué emociones pueden mostrarse, cómo se resuelven los conflictos, qué significa poner un límite o qué se espera de un niño. La mayor parte de esas ideas no nos son enseñadas explícitamente. Las absorbemos casi sin darnos cuenta. Están presentes en las conversaciones que escuchamos de chicos, en la forma en que los adultos se hablaban entre sí, en los cuentos que nos leían antes de dormir, en las películas que vimos una y otra vez y en esas escenas cotidianas que terminan organizando nuestra manera de comprender la realidad.
Con el tiempo empecé a pensar que todas esas experiencias hacen algo más que dejarnos recuerdos. Van construyendo una forma de mirar. Y esa mirada, poco a poco, dibuja un primer mapa. Un mapa que nos permite orientarnos mucho antes de que seamos conscientes de que existe. Gracias a él aprendemos quiénes somos, qué podemos esperar de los demás, qué situaciones representan un peligro, cuáles nos hacen sentir seguros y cómo se supone que debemos responder cuando algo importante ocurre.
El problema no es crecer con un mapa. De hecho, sería imposible empezar a recorrer el mundo sin alguno. El problema aparece cuando olvidamos que se trata de una interpretación y empezamos a confundir ese mapa con el territorio mismo.
Cada vez que intento explicar esta idea termino volviendo a una escena de Toy Story.
En la primera película de la saga, Buzz Lightyear interpreta todo lo que le sucede a partir de una historia que cree verdadera. Está convencido de que es un guardián espacial y, desde esa convicción, organiza todo lo que ve. Cada acontecimiento confirma el relato con el que llegó al mundo. Cada objeto encuentra un lugar dentro de esa historia. Cada decisión parece tener sentido porque existe un guion previo que le explica quién es y cuál es su misión.
Pero ese guion hace mucho más que decirle quién es.
También le enseña cómo funciona el mundo.
Le indica quiénes son sus aliados y quiénes sus enemigos, qué situaciones representan un peligro, qué decisiones debería tomar y cuál es el sentido de todo lo que ocurre a su alrededor. En otras palabras, ese guion le ofrece un mapa. Una manera de interpretar la realidad que le permite orientarse en un territorio que todavía no conoce.
Durante mucho tiempo esa escena me pareció simplemente una broma sobre un personaje delirante. Hoy me interesa por una razón completamente distinta. Creo que muestra con mucha precisión algo que también nos ocurre a los seres humanos.
Ninguno de nosotros llega al mundo interpretando la realidad desde cero. Todos empezamos a recorrer la vida con mapas que otros comenzaron a dibujar mucho antes de que nosotros llegáramos. No heredamos solamente una lengua, determinadas costumbres o ciertos rituales familiares. También heredamos maneras de comprender el amor, el conflicto, la autoridad, el juego, la dependencia, la autonomía o la idea misma de lo que significa ser una familia.
Durante mucho tiempo esos primeros mapas nos resultan extraordinariamente útiles. Nos permiten orientarnos en un mundo inmenso y complejo. Sin embargo, llega un momento en que la vida empieza a llevarnos por territorios que esos mapas ya no alcanzan a describir. Tener un hijo suele producir ese efecto. También una separación, un duelo, una mudanza o cualquier experiencia que transforme profundamente la forma en que habitábamos el mundo.
Y quizás ese sea uno de los momentos más importantes del desarrollo humano. No cuando encontramos un mapa nuevo, sino cuando empezamos a sospechar que el que nos trajo hasta aquí ya no alcanza para seguir caminando
Aprender a dibujar mapas nuevos
La historia de Buzz no termina cuando descubre que no es un guardián espacial.
De alguna manera, ahí recién empieza.
Porque descubrir que un mapa ya no alcanza para explicar la realidad no significa saber inmediatamente con qué reemplazarlo. Durante un tiempo Buzz queda suspendido en un lugar bastante incómodo. El relato con el que había organizado toda su identidad deja de funcionar, pero todavía no dispone de otro que le permita orientarse. No sabe exactamente quién es ni cómo interpretar aquello que le está ocurriendo.
Con los años empecé a pensar que esa experiencia resulta mucho más familiar de lo que solemos admitir.
Hay momentos en los que la vida nos lleva hacia territorios para los que nuestros viejos mapas no estaban preparados. Tener un hijo suele producir ese efecto. También una separación, un duelo, una mudanza o cualquier acontecimiento que transforma profundamente la manera en que habitábamos el mundo. No solamente cambian las circunstancias. También empiezan a mostrar los límites de las interpretaciones con las que veníamos organizando nuestra experiencia.
Durante mucho tiempo pensé que esos momentos eran simplemente crisis. Hoy me pregunto si no serán, sobre todo, momentos de crecimiento. No porque resulten agradables —casi nunca lo son— sino porque nos obligan a mirar de otra manera. De pronto descubrimos que las categorías con las que intentábamos comprender el mundo empiezan a quedarse cortas. Que una misma situación puede despertar emociones contradictorias. Que una persona puede lastimarnos profundamente y seguir siendo importante para nosotros. Que una decisión puede ser dolorosa y, al mismo tiempo, necesaria. Que una familia puede cambiar de forma sin dejar de ser una familia.
Fue leyendo a Gordon Neufeld que encontré una forma de pensar esa intuición. Una de las ideas que más me ayudó de su trabajo es que madurar no consiste simplemente en acumular conocimientos o incorporar respuestas nuevas. Madurar implica que emerjan capacidades que antes no estaban disponibles. La capacidad de adaptarnos a aquello que no elegimos, de integrar experiencias aparentemente contradictorias y de desarrollar una individualidad que nos permita responder al mundo desde un lugar cada vez más propio.
Desde entonces me gusta pensar que crecer no consiste tanto en cambiar de mapa como en desarrollar la capacidad de dibujar mapas cada vez más complejos. Mapas capaces de contener matices allí donde antes sólo veíamos oposiciones. Mapas que no eliminan la incertidumbre, pero nos permiten seguir orientándonos aun cuando el territorio ya no coincide exactamente con lo que esperábamos encontrar.
Los mapas prestados
Hay otra escena de Buzz que vuelve una y otra vez a mi cabeza.
En Toy Story 4, Woody le dice que empiece a escuchar su voz interior. Buzz interpreta ese consejo de manera completamente literal. Cree que su «voz interior» son las frases pregrabadas que vienen incorporadas en el muñeco y, cada vez que tiene una duda, aprieta uno de los botones de su traje para decidir qué hacer.
La escena funciona porque todos entendemos el malentendido. Woody no estaba hablando de esa voz. Sin embargo, con el tiempo empecé a pensar que Buzz tampoco estaba tan equivocado.
Cuando todavía no sabemos orientarnos por nosotros mismos, muchas veces necesitamos apoyarnos en mapas prestados.
Eso es, de alguna manera, lo que hacemos cuando un libro logra poner en palabras una experiencia que todavía no sabíamos nombrar. O cuando una conversación con un amigo modifica la manera en que comprendemos un problema. O cuando una película ilumina un aspecto de nuestra vida que hasta ese momento permanecía invisible. Durante un tiempo esas voces nos ofrecen una forma distinta de recorrer el territorio. No porque conozcan el camino mejor que nosotros, sino porque nos ayudan a descubrir aspectos de la realidad que nuestro mapa todavía no alcanzaba a representar.
Creo que esa fue mi experiencia al leer a Gordon Neufeld, a Emmi Pikler, a Isolina Ricci y a tantos otros autores que fueron apareciendo en distintos momentos de mi vida. Ninguno de ellos me ofreció un manual para aplicar ni una serie de respuestas que alcanzaran para cualquier situación. Lo que hicieron fue algo bastante más interesante. Me ayudaron a mirar de otra manera. Me prestaron preguntas que hasta ese momento no me había hecho y, al hacerlo, fueron ampliando el mapa con el que intentaba orientarme.
Con el tiempo entendí que ése es, quizás, el mayor regalo que puede hacernos un buen maestro. No reemplazar nuestra mirada por la suya, sino ayudarnos a descubrir aspectos del mundo que todavía no alcanzábamos a ver. Después, inevitablemente, somos nosotros quienes tenemos que volver al territorio y decidir qué hacer con esa nueva mirada.
Aprender a mirar
Mientras escribía estas páginas me di cuenta de que, en el fondo, este ensayo nunca trató realmente sobre Buzz Lightyear. Tampoco sobre Gordon Neufeld ni sobre los libros que fueron acompañándome durante estos años. Todos ellos aparecieron porque necesitaba pensar una pregunta mucho más antigua: ¿cómo construimos la manera en que miramos el mundo y qué hace falta para que esa mirada pueda seguir transformándose?
Cada vez estoy más convencida de que esa pregunta también atraviesa la crianza.
Muchas veces buscamos herramientas porque creemos que necesitamos mejores respuestas. Queremos saber qué hacer frente a un berrinche, cómo acompañar una frustración o de qué manera poner un límite. Sin embargo, con el tiempo empecé a sospechar que las transformaciones más profundas no aparecen cuando incorporamos una estrategia nueva, sino cuando cambia la manera en que comprendemos aquello que estamos mirando. Las mismas situaciones empiezan a adquirir otro significado y, casi sin proponérnoslo, también empiezan a cambiar nuestras respuestas.
Quizás por eso siento que la tarea de acompañar a otras familias tiene menos que ver con transmitir un método que con crear las condiciones para que aparezca una mirada más amplia. Una mirada capaz de reconocer los mapas con los que llegamos al mundo, agradecer todo lo que nos permitieron recorrer y, al mismo tiempo, aceptar que ninguno de ellos alcanza para describir por completo el territorio de una vida.
Sigo volviendo a Buzz porque, más allá del humor y de la aventura, su historia habla justamente de ese momento. El instante en que alguien empieza a sospechar que el mapa con el que llegó al mundo ya no alcanza para seguir creciendo. Y descubre que madurar no consiste en encontrar un mapa perfecto, sino en desarrollar, poco a poco, la capacidad de mirar el mundo con ojos nuevos.
Películas que nos ayudan a revisar nuestra mirada
El cine suele ofrecernos metáforas muy potentes para pensar los vínculos. En otro artículo analizo cómo películas como Kramer vs. Kramer y Aftersun permiten mirar la transformación de una familia desde la perspectiva del apego.