El juego es del bebé. La responsabilidad es del adulto: cuál es el rol del adulto en el juego libre

Una de las preguntas que más aparecen cuando hablamos de juego libre, movimiento libre o autonomía tiene que ver con el rol del adulto. Quizás porque durante mucho tiempo estuvimos acostumbrados a pensar el juego como algo que debía ser propuesto, organizado y sostenido por nosotros. Pero también porque, en los últimos años, algunas ideas vinculadas al respeto por la iniciativa infantil comenzaron a ser interpretadas como una invitación a retirarnos de la escena.

Como si dejar de dirigir el juego implicara también dejar de orientar, decidir o sostener la vida cotidiana.

Sin embargo, la experiencia con bebés y niños pequeños suele mostrarnos algo bastante diferente. Un bebé puede elegir qué objeto explorar, cuánto tiempo permanecer en una actividad o cuándo abandonar una investigación para comenzar otra. Puede decidir si quiere volver una y otra vez sobre el mismo movimiento o si prefiere desplazarse hacia otro rincón del espacio. Puede acercarse a un objeto, alejarse, repetir, observar, probar otra vez. El juego, efectivamente, le pertenece.

Pero mientras eso sucede, sigue necesitando que haya un adulto disponible para ocuparse de aquellas cuestiones que todavía no está en condiciones de sostener por sí mismo.

¿Cuál es el rol del adulto en el juego libre?

La relación de apego no es una relación entre iguales. No porque el adulto tenga más valor ni porque el niño deba obedecer sin ser escuchado, sino porque ambos ocupan lugares diferentes dentro del vínculo. Como desarrollamos en el artículo sobre ¿Qué es el apego?, durante los primeros años de vida los niños necesitan poder descansar en el cuidado de alguien más antes de poder aventurarse a explorar el mundo por su cuenta.

Necesitan sentir que hay un adulto que se ocupa de la seguridad, de los ritmos cotidianos, de las necesidades corporales y también, poco a poco, de las relaciones con los otros.

Quizás por eso algunas escenas relativamente frecuentes generan cierta incomodidad. Preguntas como «¿Vamos a cambiar el pañal?», «¿Nos ponemos los zapatos?» o «¿Nos vamos a casa?» parecen expresar respeto y consideración por el niño, pero a veces también dejan entrever una dificultad adulta para ocupar el lugar de quien guía determinadas decisiones. Porque hay responsabilidades que todavía no pertenecen al niño y cuya carga puede resultar excesiva para su momento evolutivo.

Respetar a un niño no significa pedirle que se haga cargo de aquello que todavía necesita que otro sostenga por él.

Apego y autonomía: por qué los niños necesitan depender para explorar

La autonomía no aparece cuando el adulto se retira. Tampoco cuando transforma cada decisión cotidiana en una negociación. La autonomía aparece cuando el niño puede apoyarse suficientemente en un adulto que se ocupa de aquello que todavía no le corresponde sostener. Cuando puede confiar en que alguien está atento a su cuidado, a sus necesidades y a los límites del mundo que habita.

Esta idea, está presente en la concepción educativa de Emmi Pikler y de quienes continuaron su trabajo. Anna Tardos, pediatra e investigadora del Instituto Pikler-Lóczy, lo expresa de esta manera:

El niño, para sentir deseos de actuar, para ser capaz de este aprendizaje basado en la actividad autónoma, tiene necesidad de una relación profunda, que le proporcione el sentimiento de seguridad, condición necesaria para un estado afectivo conveniente.

Anna Tardos (1992). Autonomía y/o dependencia. Acerca de la educación del niño de 0 a 3 años: reflexión sobre las ideas de la doctora E. Pikler. Revista In-fan-cia, septiembre-octubre de 1992.

Paradójicamente, es esa dependencia la que hace posible la exploración.

El bebé que se aleja unos metros para investigar un objeto, el que se concentra profundamente en una actividad o el que permanece largos minutos observando cómo una pelota rueda por el suelo no es un bebé que haya dejado de necesitar a sus adultos. Es un bebé que puede darse el lujo de jugar porque una parte profunda de su sistema sabe que alguien sigue allí.

Tal como conversábamos en La iniciativa de tu bebé: la chispa que enciende el juego, la exploración autónoma no surge de la ausencia del adulto sino de la confianza en su disponibilidad.

El juego no nace de la independencia. Nace del descanso.

Descansar, para un niño pequeño, significa no tener que sostener el vínculo. No tener que preguntarse quién se ocupará de él. No tener que decidir sobre cuestiones que todavía exceden sus posibilidades. No tener que hacerse cargo del bienestar emocional de los adultos que lo rodean. Significa poder apoyarse.

Y es precisamente desde ese apoyo desde donde aparece la curiosidad, la exploración y la iniciativa propia.

La iniciativa pertenece al bebé, la responsabilidad al adulto

Por eso, cuando hablamos de juego libre, el rol del adulto no desaparece. Quizás incluso se vuelve más silencioso y más sutil. Ya no consiste en entretener, dirigir o proponer constantemente nuevas actividades. Consiste en observar, anticipar necesidades, preparar un entorno seguro y permanecer disponibles.

Myrtha Chokler describe este lugar del adulto como un rol «indispensable e indelegable»:

Reconociendo para el bebé el indispensable e indelegable rol del adulto como envoltura continente, como sostén ineludible para la satisfacción de las múltiples necesidades, como mediador y como introductor en el mundo social de la ley, de la cultura y del lenguaje…

Myrtha Chokler. El concepto de autonomía en el desarrollo infantil temprano. Coherencia entre teoría y práctica. Buenos Aires, Argentina.

De hecho, en ¿Qué hacen los adultos en un grupo de juego libre para bebés? intentamos poner palabras a ese trabajo muchas veces invisible que implica observar, anticipar necesidades y sostener las condiciones para que el juego pueda desplegarse.

Movimiento libre y necesidades satisfechas

Un bebé con hambre, cansancio, sed o incomodidad difícilmente pueda entregarse al juego. Un bebé que necesita cercanía o regulación tampoco. Antes del movimiento libre, antes de la actividad autónoma y antes incluso del interés por explorar, existe una necesidad mucho más básica: la de sentirse suficientemente cuidado y suficientemente seguro.

En ese sentido, el cuerpo y el vínculo están mucho menos separados de lo que solemos imaginar. Tanto en Acompañar a tu bebé en su movimiento libre como en Movimiento libre en bebés: cuerpo y adulto profundizamos justamente sobre esa relación entre el cuidado adulto, el cuerpo y la posibilidad de explorar el mundo con libertad.

El movimiento libre no sucede a pesar del cuidado adulto sino gracias a él.

El rol del adulto cuando aparece otro niño

Algo similar ocurre con la convivencia. Cuando aparece otro niño, cuando surge la frustración, la espera o el conflicto, el adulto vuelve a ocupar un lugar importante. No para resolverlo todo ni para enseñar apresuradamente una lección moral, sino para sostener las condiciones que permitan atravesar esa experiencia sin que nadie quede solo con algo que todavía no está preparado para tramitar por sí mismo.

Como ya exploramos en ¿Los bebés necesitan socializar con otros bebés?, durante los primeros años el encuentro con otros niños tiene características muy distintas de las que solemos imaginar desde la mirada adulta.

Sobre el lugar que ocupamos los adultos en esas situaciones volveremos en un próximo artículo.

La autonomía no nace de la ausencia del adulto

Tal vez una de las mayores responsabilidades de los adultos que acompañamos la infancia sea justamente esa: sostener durante un tiempo aquello que la maduración todavía no puede sostener sola.

No para siempre.
No para impedir el crecimiento.
Sino precisamente para hacerlo posible.

Gordon Neufeld lo resume de manera especialmente bella:

To foster independence we must first invite dependence.

Gordon Neufeld. Hold On to Your Kids: Why Parents Need to Matter More Than Peers.

(Para favorecer la independencia, primero debemos invitar a la dependencia.)

Porque los niños no se vuelven autónomos cuando dejan de depender. Se vuelven autónomos cuando sienten que pueden hacerlo.

Como sintetiza la propia Tardos:

…el buen estado emocional, la relación, base de su sentimiento de seguridad, hace posible la expansión de la autonomía.

Anna Tardos en «Autonomía y/o dependencia» publicado en in-fan-cia SEPTIEMBRE – OCTUBRE 1992

Y quizás una de las paradojas más hermosas del desarrollo sea esta: la verdadera independencia no nace de aprender a no necesitar a nadie, sino de haber podido depender profundamente de alguien.

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