Una experiencia personal sobre lactancia, puerperio y una nueva manera de mirar a los bebés.
Durante el embarazo me preparé mucho para amamantar. Leí, hice talleres, pregunté, busqué entender. Llegué al nacimiento con una especie de receta mental sobre cómo debía ser la lactancia y, durante los primeros días, me dediqué a seguirla al pie de la letra. Chequeaba cada casillero: buen agarre, libre demanda, mucha leche, un bebé que parecía tomar bien y engordar.
Pero había una señal que no encajaba: me dolía.
Y esa sola señal alcanzaba para desarmar toda mi certeza. Si estaba haciendo todo “bien”, ¿por qué dolía? ¿Qué estaba fallando? ¿Mi cuerpo? ¿Mi bebé? ¿Yo?
Al mismo tiempo intentaba sostener otra receta. Quería seguir siendo la mujer que era antes de convertirme en madre: tener la casa ordenada, la ropa limpia, levantarme temprano, responder mensajes y seguir siendo productiva. Y, además, amamantar. Me agotaba intentando sostener dos mundos al mismo tiempo.
Con el tiempo entendí que quizás el problema no era que estuviera haciendo algo mal. Quizás lo que tenía que soltar era la idea de que la lactancia podía vivirse como una receta. Esa búsqueda de hacerlo “bien” me estaba alejando de lo más importante: mi bebé real.
El bebé de las fotos y el bebé que tenía delante
El bebé de las fotos parecía quedarse quieto, sostenido en una posición perfecta. El mío no. Necesitaba apoyarse sobre mi cuerpo, moverse, empujar con los pies y encontrar su propia manera de llegar a la teta. Y yo también necesitaba otra cosa: necesitaba dejar de intentar mantenerme erguida.
Había atravesado un parto y estaba agotada. Mi cuerpo necesitaba descansar, pero yo seguía intentando estar disponible para todo: para las visitas, para la casa, para el orden e incluso para una imagen de cómo “debía” verse una madre amamantando.
Durante mucho tiempo pensé que la lactancia consistía en encontrar la posición correcta y conseguir que el bebé se acomodara en ella. Hasta que apareció otra posibilidad.
Cuando la lactancia empezó a doler, una voluntaria de Liga de La Leche me preguntó si había probado la posición biológica. Fui a Google esperando encontrar otra técnica, otro paso a paso, otra receta. Pero encontré algo completamente distinto: imágenes de bebés apoyados sobre el cuerpo de sus madres, moviéndose, empujando con sus piernas y buscando el pecho con todo el cuerpo.
Y algo hizo click.
No era yo la única que tenía que hacer algo. Mi bebé también sabía.
Hasta ese momento había intentado acomodarlo una y otra vez en la posición que veía en los libros, pero esa posición no estaba funcionando para nosotros. Mi hijo necesitaba poder apoyar sus pies, moverse, buscar y participar activamente de ese encuentro. Y yo necesitaba dejar de intentar “ponerlo bien” para empezar a observar qué estaba intentando hacer.



La posición biológica fue mucho más que una posición
Cuando Tilo nació, lo apoyaron sobre mi pecho y sentí el empuje de sus pies descalzos sobre mi abdomen. En ese momento no entendí qué estaba pasando. Mucho tiempo después, cuando la lactancia empezó a doler, aquella experiencia volvió de otra manera.
Una voluntaria de Liga de La Leche me habló de la posición biológica y, cuando empecé a investigar sobre ella, encontré imágenes de bebés apoyados sobre el cuerpo de sus madres, moviéndose, empujando con sus piernas y buscando el pecho con todo el cuerpo. De repente, algo que yo había vivido casi sin registrar adquirió otro significado.
Empecé a descubrir que mi bebé no era alguien a quien había que acomodar para que la lactancia funcionara, sino alguien que estaba participando activamente de ese encuentro. Hasta ese momento había intentado encontrar la posición correcta y conseguir que él se adaptara a ella. Ahora empezaba a preguntarme qué necesitaba su cuerpo para poder participar de la lactancia de una manera más cómoda y espontánea.
Ese cambio de perspectiva fue muy importante para mí. No porque hubiera encontrado una nueva técnica que finalmente “funcionaba”, sino porque empecé a mirar de otra manera lo que mi bebé ya estaba haciendo.
Con el tiempo entendí que aquella había sido, probablemente, una de las primeras veces que pude reconocer a un bebé como un sujeto activo y competente. No alguien a quien había que enseñarle todo, sino alguien que ya traía consigo capacidades, iniciativas y una enorme disposición a participar de su propio desarrollo.
Años después encontré estas mismas ideas en el movimiento libre de Emmi Pikler y en la teoría del apego de Gordon Neufeld. No se trata simplemente de dejar hacer al bebé, como si confiar en sus capacidades significara retirarnos. Se trata de reconocer sus competencias y, al mismo tiempo, ofrecerle el sostén que necesita para poder desplegarlas.
Creo que esa diferencia es fundamental. Confiar en un bebé no significa dejarlo solo, sino estar presente de otra manera: observar, acompañar, sostener, proteger y responder sin reemplazar aquello que él puede hacer por sí mismo.
Hoy, cuando acompaño a una familia, sigo recordando aquel momento. Muchas veces el cambio no aparece cuando encontramos una técnica o estrategia mejor, sino cuando dejamos de preguntarnos “¿cómo hago para que funcione?” y empezamos a preguntarnos “¿qué está intentando hacer este bebé?”.

El puerperio también fue parte de la lactancia
Siempre lamenté no haber producido mejores registros de mí misma amamantando en esos primeros meses. Me hubiera gustado tener videos más bellos, más claros, mejor encuadrados. Durante mucho tiempo pensé que me faltaban imágenes capaces de contar aquella experiencia.
Hoy pienso que los pocos videos y fotos que tengo retratan el puerperio mejor que cualquier imagen perfecta.
Porque así lo recuerdo y así lo entiendo: como ese espacio-tiempo en el que todo desborda. La leche, las lágrimas, la transpiración, las sábanas mojadas, la ropa manchada, las remeras estiradas de sacar el pecho una y otra vez, las botellas de agua por toda la casa, un bebé que regurgita y el parto de una nueva identidad.
El puerperio es un tiempo profundamente corporal. Es como si, de repente, volviéramos a habitar el mundo con todos los sentidos, en carne viva, sin borde. Aprendemos a distinguir un llanto de otro, a reconocer un gesto apenas empieza y a anticipar una necesidad por una respiración, por un cambio en el tono del cuerpo o por una mirada.
Vivimos inmersos en una especie de lenguaje sin palabras, hecho de piel, olor, calor y movimiento. Un lenguaje que no se aprende en un libro, sino que se va construyendo cuerpo a cuerpo, entre una madre y su bebé, piel con piel.
Hoy miro esos registros y ya no veo un encuadre que no pude planificar ni sostener. Veo una escena profundamente verdadera. Así fue: caótico, desbordado, en movimiento y profundamente vivo.
Y creo que esto también forma parte de lo que la lactancia me enseñó. No se trataba solamente de aprender una técnica para alimentar a mi bebé, sino de aprender a habitar una relación nueva mientras mi propio cuerpo y mi identidad estaban cambiando.
Por eso, cuando pienso en aquella primera época, ya no puedo separar la lactancia del puerperio. La leche estaba ahí, pero también estaban el cansancio, la vulnerabilidad, la necesidad de contacto, el aprendizaje de un lenguaje nuevo y la transformación profunda que supone convertirse en madre.
La lactancia también necesita un entorno que sostenga
Hay otra escena de mi puerperio que nunca olvidé. Durante mucho tiempo pensé que no tenía demasiado que ver con la lactancia. Hoy creo que tiene muchísimo que ver.
Después de horas de trabajo de parto, agotamiento y una lipotimia, llegamos a la habitación. Recuerdo la cuna al lado de la cama, como si ese fuera el lugar natural donde un recién nacido debía estar. Recuerdo una camilla angosta y ruidosa, poco preparada para descansar con un bebé sobre el cuerpo. Recuerdo el miedo al colecho, tan presente desde el primer momento. Recuerdo a mi pareja profundamente dormido, agotado también, y me recuerdo a mí en un lugar desconocido, sin poder levantarme sola, con un bebé que necesitaba estar pegadito a mí.
Cuando vuelvo a esa primera noche, me doy cuenta de que dice mucho sobre cómo entendemos el nacimiento. Preparamos una cuna para recibir a un bebé, pero no siempre preparamos un entorno que cuide el encuentro entre ese bebé y su madre.
Con los años entendí que la lactancia no empieza solamente cuando el bebé se prende al pecho. Empieza mucho antes: cuando una madre puede descansar mientras sostiene a su hijo, cuando no tiene que elegir entre acostarlo en una cuna o poder cerrar los ojos unos minutos, cuando el entorno protege esa cercanía en lugar de dificultarla.
Por eso, cuando hoy acompaño a una familia, ya no miro solamente una prendida. También miro el contexto. Me pregunto quién está sosteniendo a esa madre, quién le acerca un vaso de agua, quién le prepara un plato de comida, quién la ayuda a encontrar una posición cómoda y quién le transmite confianza en lugar de miedo.
Porque alrededor de esa díada siempre hay un entorno. Y ese entorno puede favorecer el encuentro o volverlo mucho más difícil.
La lactancia no depende solamente de una madre y un bebé. Alrededor de ellos hay una red de personas, decisiones y condiciones que pueden hacer que ese encuentro encuentre espacio para desplegarse o que tenga que suceder a pesar de todo.
También hay muchas ideas y expectativas sobre cómo debería ser la lactancia que pueden acompañar, presionar o dificultar ese proceso. En este artículo reviso algunos de los mitos más extendidos sobre la lactancia y el destete.
Cuando la lactancia también cambia
Cuando Tilo era recién nacido, la teta era casi todo. Era alimento, sueño, consuelo y calma. Con el tiempo él empezó a moverse, a hablar, a jugar y a explorar el mundo. Y la teta también fue cambiando.
Nos acompañó en viajes, enfermedades, tratamientos médicos, accidentes y adaptaciones a espacios nuevos. Fue un refugio frente a los miedos, una forma de volver a encontrarnos después de un día intenso y nuestro ritual para entrar al sueño.
Poco a poco, muchas de las funciones que cumplía la teta fueron encontrando otras formas de expresarse. Fueron ganando lugar las palabras, el upa, los abrazos, un cuento, un masaje. Eso no hizo que la teta perdiera valor. Simplemente dejó de ser la única respuesta.
Hubo momentos en los que pensamos en el destete. Ordenamos algunas tomas, volvimos atrás cuando sentimos que eran demasiados cambios juntos y, en algunos momentos, regresamos a la libre demanda porque era lo que los dos necesitábamos.
En el camino hacia el destete aprendí que no todas las decisiones tienen que ser definitivas y que no todos los caminos son lineales. Con el tiempo empecé a dejar de preguntarme cuándo iba a ser el destete y a prestar más atención a cómo estábamos nosotros.
En mi historia, la lactancia nunca fue una carrera para llegar a una fecha. Fue una relación que fue transformándose junto con nosotros.
Y hoy, cuando miro hacia atrás, creo que ese fue uno de los regalos más grandes que nos hizo.
Alguna vez, mientras transitaba ese camino, escribí: “Hasta hace unos meses me sentía presionada por pensar en el destete, iniciar el destete, continuar el destete. Hoy no siento la urgencia. Hoy elijo entregarme, una vez más, al disfrute de lo simple y hermoso que es dar la teta. Y mañana, veré”.
A veces miro esta foto de Tilo bebé y no puedo evitar imaginar que me está susurrando algo al oído.
Creo que todavía me representa. No porque la lactancia tenga que durar de una determinada manera, sino porque aprendí a dejar de vivirla como una carrera hacia el próximo hito.
Antes de guiar, tenía que aprender a escuchar
Durante mucho tiempo pensé que, en la lactancia, era yo quien tenía que aprender. Tenía que leer, hacer cursos, encontrar la posición correcta y descubrir cómo hacer que todo funcionara. Creía que mi tarea era guiar. Con los años entendí que, antes de guiar, tenía que aprender a escuchar.
Y esa idea terminó desbordando la lactancia. Empecé a preguntarme qué pasaría si, en lugar de apresurarme a intervenir frente a cada movimiento, cada dificultad o cada necesidad de mi hijo, pudiera detenerme un momento para observar. ¿Qué está haciendo? ¿Qué está intentando? ¿Qué me está mostrando? ¿Qué necesita de mí y qué puede hacer por sí mismo?
Ahí empecé a comprender que observar no es quedarse quieto ni dejar al bebé librado a su suerte. Al contrario: requiere una presencia muy atenta. Supone estar disponible para responder cuando hace falta, pero también poder reconocer cuándo nuestra intervención no es necesaria.
Esa manera de mirar fue transformando mi relación con Tilo y, con el tiempo, también mi manera de acompañar a otras familias. Empecé a entender que un bebé tiene mucho para decir incluso antes de tener palabras, y que muchas veces somos los adultos quienes necesitamos aprender a leer ese lenguaje.
Esta idea de los bebés como pequeños hablantes, capaces de comunicarse mucho antes de adquirir el lenguaje verbal, también aparece en otros artículos que escribí a partir de lecturas que me ayudaron a pensar la primera infancia de otra manera, como los libros “Pequeño hablante” y “Umbilical” de Andrés Neuman.
Con el tiempo fui encontrando estas ideas en el movimiento libre de Emmi Pikler y en la teoría del apego de Gordon Neufeld. Pero la primera vez que algo de esto empezó a hacerse verdaderamente evidente para mí no fue en un libro ni en una formación. Fue en la experiencia cotidiana de estar con mi hijo, aprender a observarlo y aceptar que no siempre tenía que saber de antemano qué hacer.
Hoy sigo creyendo que escuchar y guiar se parecen mucho más de lo que imaginaba. Cuando de verdad escuchamos a un bebé, dejamos de intentar llevarlo por un camino que imaginamos para él y empezamos a ofrecerle el sostén que necesita para encontrar el suyo.
Quizás ese era el secreto que Tilo intentaba contarme desde el primer día: «mamá, primero escuchame».


Dejar la receta
Mirando hacia atrás, creo que la lactancia fue una de las primeras experiencias que me enseñó algo que después se volvió central en mi manera de acompañar a las familias.
No siempre necesitamos hacer más. A veces necesitamos observar mejor.
Llegué a la maternidad buscando respuestas, técnicas y certezas. Quería saber cómo hacerlo bien. Y, en el camino, mi propio bebé me fue mostrando que quizás la pregunta no era cómo conseguir que él encajara en una forma determinada de hacer las cosas, sino quién era él, qué necesitaba, qué estaba intentando hacer y qué me estaba comunicando.
También tuve que aprender qué necesitaba yo para poder estar verdaderamente disponible para escucharlo.
Con los años, esa mirada se volvió parte de mi manera de entender el movimiento libre, el juego, el vínculo y la crianza. No como una serie de recetas para aplicar sobre los bebés, sino como una invitación a detenernos, observar y confiar un poco más en aquello que ya está sucediendo.
Porque muchas veces, cuando dejamos de intentar “hacerlo bien”, aparece algo mucho más interesante: aparece el bebé que tenemos delante.
Y entonces podemos empezar, finalmente, a conocerlo.

