Lactancia, mitos y destete: una carrera de resistencia

La Semana Mundial de la Lactancia me dejó pensando en los mitos que rodean el amamantamiento, en cómo esos mensajes se convierten en mandatos y en la necesidad de construir redes que sostengan a las madres también cuando la crianza se vuelve intensa.

Esta semana me encontré corriendo para llegar a todo: trabajo, maternidad, amistades y también distintos espacios de encuentro alrededor de la lactancia. Ayer participé de una maratón de grupo de apoyo virtuales y terminé el día agotada, pero profundamente esperanzada.

Durante varias horas, madres y personas interesadas en la lactancia nos encontramos desde distintos lugares para conversar, compartir experiencias y pensar juntas. Y volví a sentir algo que vengo pensando hace tiempo: promover, proteger y defender la lactancia es una carrera de resistencia.

Probablemente hagan falta muchos más años para reparar parte de lo que se fue erosionando durante décadas. Pero encuentros como el de ayer me recuerdan que hay esperanza. Hay personas buscando información, compartiendo experiencias, haciendo preguntas y tratando de construir otras posibilidades alrededor de la lactancia y la crianza.

Los mitos también construyen cultura

Otra de las cosas que me quedaron dando vueltas después de participar de varios de estos encuentros es la cantidad de mitos que circulan alrededor de la lactancia.

Los mitos no aparecen de la nada. Son expresiones de una cultura. Y cuando determinadas frases se repiten una y otra vez, especialmente en redes sociales, pueden terminar instalándose como verdades absolutas.

En nuestra cabeza de madres, muchas veces se convierten en mandatos.

  • «Tu leche no alimenta.»
  • «Te usa de chupete.»
  • «Tenés que soltarlo.»

Son frases breves que parecen ofrecer respuestas sencillas a situaciones complejas. Hacen un diagnóstico rápido y, muchas veces, ofrecen una receta: una solución que se supone aplicable de manera casi universal.

Pero una conducta de un bebé o de un niño puede tener muchas explicaciones. Y una necesidad compleja difícilmente encuentre una respuesta adecuada en una frase hecha.

Cuando una madre escucha una y otra vez que su bebé «la usa de chupete», por ejemplo, puede empezar a mirar de otra manera una necesidad de contacto que hasta ese momento entendía como parte de su vínculo. Cuando escucha que tiene que «soltarlo», puede empezar a interpretar la dependencia como un problema que debe ser corregido, en lugar de preguntarse qué necesita todavía ese niño y qué otras formas de sostén pueden acompañar su crecimiento.

Por eso me interesa tanto pensar en los mitos no solamente como información incorrecta, sino como mensajes culturales que pueden modificar nuestras prácticas.

Lactancia, mitos y destete

Durante mucho tiempo hablamos de los mitos alrededor del comienzo de la lactancia: cuánto debería tomar un bebé, cuánto debería dormir, cómo debería prenderse, cuándo debería dejar de pedir.

Pero el destete también está lleno de ellos…

¿»Hasta los 2 años» significa que a los 2 años hay que destetar?

Uno de los mitos más frecuentes alrededor del destete es interpretar la recomendación de lactancia «hasta los 2 años» como si los dos años fueran una fecha de vencimiento.

Pero la recomendación de la OMS y UNICEF es continuar la lactancia hasta los 2 años o más, junto con la incorporación de alimentos complementarios adecuados desde los 6 meses.

La propia OMS aclara que puede continuarse más allá de los dos años y durante el tiempo que la madre y el niño deseen continuar.

Por eso, «2 años» no es una edad máxima ni una indicación de destete. Es parte de una recomendación de salud pública que contempla explícitamente la continuidad más allá de esa edad.

Dos años no es una fecha de vencimiento.

«Después de los 6 meses la leche se vuelve agua»

Hay otro mito muy extendido: que después de los seis meses, o después de los dos años, la leche materna «se vuelve agua», deja de alimentar o ya no sirve para nada.

La evidencia dice otra cosa.

A partir de los seis meses, la alimentación del niño necesita ampliarse y comienzan los alimentos complementarios. Pero complementar no significa reemplazar. La leche materna continúa aportando energía, nutrientes y componentes bioactivos.

Según la OMS, durante el segundo año de vida la leche materna puede aportar alrededor de un tercio de las necesidades energéticas del niño. También contiene anticuerpos y otros componentes que contribuyen a la protección frente a infecciones.

Por eso, decir que después de cierta edad la leche «no sirve para nada» no es correcto. La leche materna no se transforma mágicamente en agua porque el calendario marque seis meses, dos años o cualquier otra edad.

Su composición cambia a lo largo de la lactancia y también responde a las necesidades de la díada. Sigue siendo leche materna: un alimento que aporta nutrientes y un fluido biológicamente activo con componentes inmunológicos.

Y hay una razón por la que esto cobra todavía más importancia en situaciones de emergencia. La OMS señala que la lactancia puede ser vital para la supervivencia de los niños pequeños durante emergencias, cuando pueden faltar alimentos seguros, agua potable, saneamiento y atención sanitaria. Recomienda continuar amamantando junto con la alimentación complementaria incluso en situaciones de emergencia y potencialmente durante más tiempo.

¿Es la lactancia o es criar en soledad lo que nos está agotando?

A veces me pregunto si no confundimos el agotamiento propio de la crianza con un supuesto agotamiento producido sólo por la lactancia.

Criar a un bebé grande o a un niño pequeño puede ser profundamente demandante. Hay que acompañar el nacimiento de una voluntad, sostener a alguien que todavía está construyendo su capacidad de regular sus impulsos, acompañar un ego que está naciendo y diferenciándose, ofrecer límites mientras ese cuerpo conoce el mundo, y se encuentra una y otra vez con los obstáculos que ese mundo le presenta. Y hacerlo, además, en entornos que muchas veces no están preparados para las necesidades de esos cuerpos y esas edades.

La demanda de atención puede ser enorme. La autonomía todavía está en construcción. La frustración aparece con fuerza. Y alrededor de todo esto también aparecen los comentarios de quienes opinan sobre cada decisión que tomamos como madres.

En medio de todo eso, las madres necesitamos sostén.

Necesitamos red, descanso, ayuda, espacios propios y personas capaces de acompañarnos sin convertir cada dificultad de la crianza en un diagnóstico sobre nuestras decisiones.

A veces necesitamos cambiar algo. A veces necesitamos poner un límite. A veces necesitamos destetar. Y a veces necesitamos simplemente más sostén para poder seguir.

Quizás antes de preguntarnos cuánto tiempo más puede una madre sostener la lactancia, deberíamos preguntarnos cuánto tiempo más puede sostener sola todo lo demás.

Hace tiempo escribí sobre esto desde otros lugares: sobre No criar en soledad: la importancia de la tribu en la crianza y sobre la dificultad de Criar y trabajar en casa: un difícil equilibrio entre hacer y estar. Porque la experiencia de la lactancia tampoco puede separarse de las condiciones concretas en las que transcurre la crianza: cuánto descanso tenemos, qué red nos acompaña, cuánto trabajo sostenemos y cuánto espacio queda para nosotras.

No hay una única respuesta

Creo que parte del problema aparece cuando buscamos soluciones universales para experiencias que son profundamente singulares.

Una familia puede necesitar un destete. Otra puede querer continuar con la lactancia. Una madre puede necesitar limitar algunas tomas y conservar otras. Puede haber momentos en los que la libre demanda vuelva a ser la mejor opción. Las necesidades cambian y las relaciones también.

Eso no significa que todas las decisiones sean iguales ni que no necesitemos información para tomarlas. Significa que la información debería ayudarnos a comprender mejor la situación, no reemplazar nuestra capacidad de observarla.

Y que acompañar a una madre no debería consistir en decirle qué tiene que hacer, sino en ofrecerle herramientas para que pueda tomar decisiones informadas y posibles dentro de su propia realidad.

Una red que sostenga

La lactancia no ocurre en el vacío. Tampoco la crianza.

Alrededor de una madre y un niño hay parejas, familias, amigos, profesionales, instituciones, espacios de trabajo, redes sociales y una cultura entera que puede facilitar o dificultar determinadas experiencias.

Por eso, cuando hablamos de proteger la lactancia, para mí también tenemos que hablar de proteger las condiciones que permiten que una madre pueda sostenerla si así lo desea.

Y eso incluye mucho más que hablar de la técnica.

Incluye poder descansar. Tener ayuda. Contar con información confiable. Encontrar otras madres. Poder hacer preguntas sin ser juzgada. Tener espacios donde la lactancia «prolongada» no sea automáticamente cuestionada. Y también poder decir «esto ya no puedo sostenerlo» sin sentir que estamos fracasando.

Quizás por eso me quedé tan movilizada después de esta semana.

Porque cambiar una cultura lleva tiempo. Y probablemente sea una carrera mucho más larga de lo que nos gustaría.

Pero cuando tantas madres se encuentran, conversan, preguntan, comparten sus experiencias y buscan otras formas de acompañarse, algo empieza a moverse.

Hay carreras que no se ganan llegando primero. Se ganan resistiendo lo suficiente para que algo pueda empezar a cambiar.

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *