¿Cómo llegué a crEO? La respuesta empieza mucho antes de que crEO existiera como espacio. Es una historia que atravesó el arte, el movimiento, la maternidad y distintas formas de comprender el desarrollo humano, hasta convertirse en la manera de acompañar a bebés y familias que hoy le da sentido a este proyecto.
El cine: aprender a mirar
Si hoy pienso en el origen de crEO, me doy cuenta de que muchas de las preguntas que lo sostienen aparecieron mucho antes de conocer a Emmi Pikler, de estudiar la teoría del apego o incluso de ser mamá. Creo que una parte importante de mi forma de mirar nació en mi casa, alrededor de una cámara de video y de muchas horas compartidas frente a una pantalla.
Mi papá filmaba todo. Mucho antes de que existieran los celulares o las redes sociales, registraba cumpleaños, vacaciones, juegos y escenas completamente cotidianas. A veces incluso nos «televisaba» en vivo: conectaba la cámara al televisor y nosotros nos veíamos mientras jugábamos. Era una experiencia extraña y fascinante. Descubríamos nuestros propios gestos, nuestras maneras de movernos, las expresiones que aparecían cuando no estábamos intentando hacer nada especial. Sin saberlo, crecimos observándonos.
Con el tiempo empecé yo también a usar la cámara. Pero lo que más compartíamos con mi papá era el cine. Pasábamos horas viendo películas juntos. Él disfrutaba profundamente del cine y, casi sin proponérselo, me enseñó a disfrutarlo a mí también. Me maravillaba descubrir que una historia podía hacernos olvidar, por un rato, que estábamos sentados en un sillón. Me fascinaba la posibilidad de transformar la realidad a través de una mirada, de una elección de encuadre, de un silencio o de un corte.
Sin embargo, lo que más me conmovía no ocurría en la pantalla. Ocurría a mi lado. Recuerdo ver a mi papá emocionarse hasta las lágrimas con una historia de amor, una separación o un reencuentro. Me impresionaba descubrir esa sensibilidad en alguien a quien, como tantos niños, yo percibía fuerte, seguro e inquebrantable. Creo que esas escenas también me enseñaron algo sobre los vínculos: que las historias tienen la capacidad de tocar lugares muy profundos y que emocionarse no es una muestra de fragilidad, sino de humanidad.
Con los años, el cine siguió siendo una forma de encontrarnos. Hoy mi papá tiene un servidor donde guarda una enorme colección de películas y videos familiares. Cada vez que entro, no solo encuentro cine. Encuentro una parte de nuestra historia.
Durante mucho tiempo fui yo quien se ocupó de ordenar ese archivo. Etiquetaba los videos, los clasificaba, cambiaba nombres, armaba carpetas. Quería que nada se perdiera. Que ningún recuerdo desapareciera entre cintas, discos rígidos o archivos olvidados. Y, mientras hacía ese trabajo, volvía a mirar esas grabaciones una y otra vez.
Las que más buscaba eran, curiosamente, las de los primeros años de vida.
Había algo profundamente conmovedor en observar a esa bebé que yo ya no recordaba haber sido. Ver cómo exploraba el espacio, cómo me detenía frente a un objeto, cómo aparecían los primeros movimientos, cómo buscaba la mirada de mis padres. Eran escenas que escapaban por completo a mi memoria y, sin embargo, hablaban de mí. Me permitían reconstruir una parte de mi propia historia que de otro modo habría permanecido inaccesible.
Con el tiempo entendí que esos videos me habían regalado algo extraordinario: la posibilidad de saberme bebé. De mirar con calma un tiempo de mi vida que normalmente solo conocemos a través de relatos ajenos.
Creo que esa experiencia dejó una marca profunda en mi manera de trabajar. Antes de aprender sobre desarrollo infantil, aprendí que mirar con atención transforma nuestra comprensión de lo que vemos. Una escena cotidiana puede parecer insignificante si pasa demasiado rápido. Pero cuando nos detenemos a observarla, aparecen matices, procesos y relaciones que antes permanecían invisibles.
Quizás por eso, cuando años más tarde empecé a acompañar a bebés y familias, la observación ocupó un lugar tan central. No como una técnica ni como un ejercicio profesional, sino como una forma de estar presentes. Observar no significa quedarse al margen. Significa concederle al otro el tiempo necesario para revelarse, en lugar de apresurarnos a interpretar, corregir o intervenir.
Del cuerpo al movimiento libre: cómo llegué a crEO
Hay una pregunta que aparece con frecuencia cuando alguien llega por primera vez a crEO. ¿Cómo llegaste hasta acá?
La respuesta más sencilla sería enumerar estudios y formaciones. Podría contar que soy Licenciada en Artes por la Universidad de Buenos Aires, que estudié el enfoque de Emmi Pikler, que me formé en Educación Viva y la teoría del desarrollo basado en el apego de Gordon Neufeld. Todo eso es cierto. Pero siento que esa respuesta deja afuera lo más importante.
Porque, mirando hacia atrás, no creo haber ido cambiando de intereses. Más bien fui encontrando distintas maneras de acercarme a una misma pregunta: ¿cómo se desarrolla una persona? ¿Qué necesita un ser humano para desplegar aquello que ya lleva dentro?
Mucho antes de pensar en la crianza, esa pregunta apareció a través del cuerpo.
Durante mis años de formación en Artes me acerqué al teatro, la danza y el cine. Fue en esa búsqueda donde conocí el Contact Improvisación, una práctica que marcó profundamente mi manera de entender el movimiento. Hasta ese momento pensaba el cuerpo principalmente como un instrumento de expresión. El Contact me mostró otra cosa: que también podía ser un espacio de investigación.
Bailar Contact Improvisación implica, de algún modo, desmontar muchas de las formas en que aprendimos a movernos como adultos. A través del peso, el equilibrio, el contacto y la improvisación, el cuerpo vuelve a recorrer caminos que alguna vez conoció. Movimientos que probablemente exploró durante los primeros años de vida y que luego fueron quedando relegados por los hábitos, las convenciones y las exigencias del mundo adulto.
Había algo en esa exploración que me resultaba profundamente familiar. La relación entre el cuerpo y el espacio, entre el movimiento y la gravedad, entre el propio cuerpo y el de otro, se parecía mucho a la manera en que un bebé va descubriendo el mundo. En ese momento todavía no podía ponerlo en palabras, pero esa intuición ya estaba ahí.
Fue también por esos años cuando leí por primera vez a Emmi Pikler.
Descubrir a Emmi Pikler antes de ser mamá
Recuerdo que su propuesta me interesó muchísimo, aunque en ese momento todavía ocupaba un lugar más entre muchas otras lecturas. Años después, durante mi embarazo, esa idea volvió a aparecer. Mi doula y una amiga insistieron en que valía la pena volver a leerla. Esta vez la encontré desde otro lugar. Ya no era solamente una reflexión sobre el movimiento. Era también una forma completamente distinta de pensar el desarrollo humano.
Sin embargo, hubo un momento en que toda esa búsqueda dejó de ser solamente teórica.
La pandemia, la maternidad y aprender observando
Cuando nació mi hijo, todas esas preguntas encontraron un laboratorio diario. Cuando cumplió 6 meses comenzó la pandemia. Pasábamos prácticamente todo el día juntos, en casa. Muchísimas horas en el piso, acompañando sus exploraciones, observando cómo aparecía cada movimiento nuevo, cómo una habilidad parecía prepararse durante semanas antes de hacerse visible, cómo el juego cambiaba a medida que cambiaba su relación con el espacio, con los objetos y con nosotros.
Creo que ahí entendí realmente el sentido del movimiento libre. Ya no era una teoría que había leído en un libro ni una práctica que me interesaba desde la danza. Era algo que estaba ocurriendo delante de mis ojos. Descubría, una y otra vez, que mi hijo no necesitaba que le enseñáramos a desarrollarse. Necesitaba tiempo, libertad para explorar y adultos disponibles para acompañarlo sin dirigir constantemente el proceso.
Decidí seguir profundizando mis conocimientos. Me anoté en varios cursos de Romina Pérez Toldi, una pedagoga de Barcelona, formada en el enfoque pikleriano pero con una mirada muy abierta, poco dogmática. Aprovechaba las siestas de mi hijo para ver los videos y leer los textos. Sus propuestas dialogaban con muchas de las preguntas que yo ya traía y, al mismo tiempo, con todo lo que iba observando día a día en casa.
Más que encontrar un método, iba encontrando personas que pensaban, que discutían y que seguían haciéndose preguntas.
Y recién después entraría el siguiente capítulo.
Buscar un jardín en pandemia: mi encuentro con la Educación Viva
Fue cuando llegó el momento de pensar un espacio para mi hijo que apareció otra pregunta. ¿Cómo continúa esta forma de acompañar el desarrollo cuando un niño deja de ser un bebé? ¿Qué tipo de entorno quería para él? ¿Qué lugar podía sostener esa confianza en el movimiento, el juego y la exploración?
Coincidió que el mundo todavía estaba saliendo de la pandemia. Él había nacido meses antes de la pandemia y, como tantas otras familias, habíamos pasado sus primeros años prácticamente solos. Nuestra red era muy pequeña. Sus vínculos cotidianos eran, casi exclusivamente, con nosotros.
Al mismo tiempo, las instituciones educativas tradicionales atravesaban una situación muy particular. Durante meses las clases habían sido virtuales y, cuando empezaron a reabrir, muchas de las condiciones me resultaban difíciles de imaginar para un niño pequeño. Me preocupaba especialmente el lugar que habían ocupado las pantallas durante esos primeros años de vida y conocía la evidencia sobre el impacto que podían tener en el desarrollo temprano. Tampoco podía pensar con tranquilidad en un comienzo de la escolaridad donde el barbijo, el distanciamiento y otras medidas sanitarias modificaban profundamente la forma en que los niños se encontraban, jugaban y construían vínculos.
En ese contexto conocí los espacios de Educación Viva. Lo que me atrajo no fue solamente su propuesta pedagógica. Me conmovía la idea de que el proceso de adaptación pudiera pensarse desde las necesidades reales de cada familia y no desde los tiempos de una institución. Después de años compartiendo casi cada momento con mi hijo, me parecía importante que el ingreso a un nuevo espacio pudiera construirse de manera gradual, respetando el vínculo que habíamos construido y el tiempo que él necesitara para confiar en otros adultos.
Durante un tiempo sentí que había encontrado una continuidad bastante natural entre el movimiento libre de Pikler y estas propuestas educativas. Sin embargo, la experiencia me fue mostrando que las cosas eran más complejas. Descubrí que las mismas palabras —autonomía, juego libre, respeto— podían adquirir significados muy distintos según quién las llevara a la práctica. Empecé a entender que ningún proyecto educativo garantiza, por sí solo, una determinada forma de acompañar a los niños. Lo decisivo no está únicamente en el enfoque, sino en la calidad del vínculo que los adultos construyen con ellos, en la cultura que sostienen y en el entorno emocional que logran crear.
Más adelante llegaría la teoría del desarrollo basado en el apego de Gordon Neufeld y encontraría allí un marco conceptual que terminó de ordenar muchas intuiciones que venía construyendo desde hacía años.
Comprendí que el desarrollo no puede pensarse separado del vínculo. Que la exploración necesita una base segura desde la cual partir y a la cual regresar. Que la autonomía no es el punto de partida del desarrollo, sino una de sus consecuencias.
Esa comprensión también me llevó a revisar algunas ideas que hasta entonces había dado por sentadas.
Lo que aprendí sobre autonomía y el rol del adulto
Durante un tiempo había imaginado que el objetivo de un adulto era intervenir cada vez menos. Que un buen acompañamiento consistía, principalmente, en no interferir. Con el tiempo entendí que la cuestión era mucho más compleja. Los niños necesitan libertad para explorar, pero también necesitan una presencia adulta firme, disponible y confiable. No una presencia que controle cada movimiento, sino una que asuma la responsabilidad que les corresponde a los adultos.
Empecé a comprender que hay responsabilidades que un niño simplemente no está preparado para asumir. No porque le falten capacidades o inteligencia, sino porque su desarrollo todavía está en curso. Esperar que un grupo de niños pueda sostener por sí mismo la convivencia, resolver conflictos complejos o autodirigir completamente su aprendizaje implica depositar sobre ellos un peso que no les corresponde.
La verdadera autonomía no consiste en prescindir de los adultos. Consiste en llegar, con el tiempo, a pensar por uno mismo, integrar ideas contradictorias, desarrollar un criterio propio y actuar desde ese criterio. Pero esa capacidad no aparece por decisión ni por entrenamiento. Madura. Y, como toda maduración, necesita determinadas condiciones para desarrollarse.
Por eso hoy no creo que la tarea del adulto sea retirarse lo antes posible. Tampoco creo que sea dirigir cada paso. Creo que nuestra responsabilidad es mucho más exigente: ofrecer una estructura que sostenga sin invadir, guiar sin sustituir, cuidar sin controlar. Estar lo suficientemente presentes para que un niño pueda apoyarse en nosotros mientras todavía nos necesita y, justamente por haber podido hacerlo, llegar algún día a sostenerse sobre sus propios pies.
Cómo llegué a crEO
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que crEO nació mucho antes de tener un nombre.
Nació cuando descubrí que el cuerpo aprende explorando. Cuando entendí que el movimiento no necesita ser enseñado sino acompañado. Cuando empecé a desconfiar de las recetas y a confiar más en los procesos. Cuando comprobé que ningún material, ninguna pedagogía y ningún espacio pueden reemplazar la calidad del vínculo entre un niño y los adultos que lo rodean.
Por eso hoy, cuando pienso en crEO, no pienso solamente en un espacio para bebés y familias. Pienso en un lugar donde intento reunir todas esas preguntas que me fueron acompañando durante tantos años. Un lugar donde el movimiento, el juego, el apego y la observación no aparecen como temas separados, sino como distintas formas de acercarnos a una misma convicción: que las personas crecemos mejor cuando encontramos relaciones y entornos que confían en nuestro desarrollo.