Lo que el viaje de mi hijo y la final del Mundial me enseñaron sobre el apego
El domingo mi hijo se fue de vacaciones de invierno con su papá. Sin embargo, si pienso en lo que vivimos la semana previa, la separación no empezó cuando se subió al micro. Había empezado varios días antes, desde el momento en que recibió la noticia del viaje.
Celebré cuando su papá me contó que -cuando lo supo- lo primero que hizo nuestro hijo fue estallar en llanto. Y celebré todavía más que su papá hubiera podido abrazarlo y darle la bienvenida a esas lágrimas, sin intentar convencerlo de que no había motivos para llorar. Sé que puede sonar extraño decir que celebré ese llanto. Pero cuando un niño puede llorar una separación significa que sus emociones siguen accesibles. No necesita endurecerse, distraerse o actuar como si nada pasara. Puede sentir. Y, desde la mirada de Gordon Neufeld, esa es una enorme señal de salud.
De a poco, su papá fue contándole más sobre el viaje. Lo que al principio era solamente temible empezó a mezclarse con lo deseable. La alarma inicial fue encontrando descanso y comenzaron a aparecer el entusiasmo, las ganas y la curiosidad. El viaje ya no era solamente una separación; también era una aventura.
Sin embargo, también sabía que la historia no terminaba ahí. Por más ilusión que le hiciera el viaje, a medida que la fecha se acercara, la separación se volvería cada vez más tangible. Y cuando una separación se vuelve inminente, el complejo de emociones que se activan ante la experiencia de una separación vuelve a activarse. Sabía que la alarma, la frustración y la búsqueda aparecerían otra vez.
Y así fue. Los estallidos emocionales aparecieron con más frecuencia de lo habitual. También las discusiones por cosas pequeñas, la dificultad para aceptar separaciones y frustraciones cotidianas y esa sensación de que cualquier límite era mucho más difícil de tolerar. Por suerte, ya está por cumplir siete años y, la mayor parte del tiempo, puede poner en palabras lo que le pasa. Eso hace que muchas veces podamos anticiparnos, comprender el origen de sus emociones y acompañarlas antes de que necesiten desbordarse. Pero hay momentos en los que las emociones encuentran cualquier pretexto para salir, y esta vez fue uno de ellos.
Las separaciones empiezan antes de que alguien se vaya
Desde el modelo del desarrollo basado en el apego de Gordon Neufeld sabemos que las separaciones no empiezan cuando alguien se va. Empiezan cuando percibimos que esa separación se acerca. Es un proceso profundamente humano y, justamente por eso, no depende de la edad. Cuando la cercanía empieza a sentirse amenazada, aparecen las emociones propias de toda separación.
Lo interesante es que este complejo de emociones no distingue entre una separación definitiva y una temporal. Tampoco entre una separación objetiva y otra subjetiva. Lo que registramos es el riesgo de perder la cercanía con alguien importante. Por eso un viaje esperado, una mudanza, el comienzo del jardín o unas vacaciones pueden despertar emociones muy intensas, incluso cuando también generan entusiasmo.
Alarma, frustración y búsqueda: el combo emocional de una separación
Frente a la posibilidad de perder la cercanía con alguien importante aparecen tres grandes respuestas emocionales: la alarma, la frustración y la búsqueda.
La alarma nos avisa que el vínculo corre el riesgo de distanciarse. La frustración aparece cuando no podemos evitar esa separación. La búsqueda nos impulsa a recuperar la cercanía de todas las maneras posibles. No son emociones «negativas». Son respuestas profundamente humanas que intentan preservar aquello que más necesitamos: nuestros vínculos.
Muchas veces nosotros sólo vemos la frustración. Vemos el berrinche, la oposición o el enojo y creemos que ese es el problema. Sin embargo, esas conductas suelen ser apenas la parte visible de ese combo emocional que está intentando resolver una separación. No nacen porque el niño quiera desafiar al adulto, sino porque el vínculo es demasiado importante como para que la distancia pase inadvertida.
A los adultos también nos pasa
Lo que más me sorprendió esta vez fue descubrir que esto no estaba ocurriendo solamente en mi hijo.
Mientras intentaba acompañarlo, empecé a reconocer ese mismo complejo de emociones en mí. No aparecía con forma de berrinche, claro. Los adultos solemos expresar estas cosas de maneras mucho más aceptadas socialmente. Me encontré reorganizando mentalmente la agenda y también materialmente la casa. Empecé a llenar la semana de encuentros y planes. Intentaba resolver problemas que ni siquiera eran míos. Necesitaba hablar del tema una y otra vez.
Lo que cambiaba no era el origen de esas emociones, sino la forma en que me relacionaba con ellas. Como adulta, podía reconocerlas, ponerles palabras y comprender que nacían de la separación que se acercaba. También había aprendido un repertorio de conductas mucho más aceptado socialmente para expresarlas. La conciencia no hacía desaparecer la alarma, la frustración o la búsqueda; simplemente evitaba que quedara atrapada en ellas y que mis respuestas terminaran dañando los vínculos que justamente estaba intentando cuidar.
Eso me hizo pensar en cuántas veces interpretamos de manera completamente distinta reacciones que tienen un mismo origen. Cuando un niño necesita estar más cerca solemos preocuparnos por su dependencia. Cuando un adulto llena compulsivamente la agenda, reorganiza la casa, intenta controlar cada detalle o se vuelve especialmente sociable, difícilmente pensemos que también está respondiendo a una experiencia de separación. Sin embargo, muchas veces ambos están intentando resolver exactamente el mismo problema: recuperar la sensación de cercanía con alguien importante.
Cuando cambiamos la mirada, cambia nuestra forma de responder
Comprender esto cambia profundamente nuestra manera de intervenir. Cuando logramos rastrear el origen de un comportamiento que nos preocupa, deja de verse como un simple problema de conducta. Empezamos a reconocerlo como la manifestación de un combo emocional que se ha activado porque ese vínculo importa.
Y esa diferencia cambia por completo nuestra respuesta. Si creemos que el problema es el comportamiento, toda nuestra energía estará puesta en corregirlo o erradicarlo. Intentaremos que deje de llorar, que deje de gritar, que deje de pegar, que deje de protestar. Sin embargo, si el origen de esas conductas es una separación que está activando las emociones vinculadas a preservar el vínculo, responder únicamente sobre el comportamiento no solo suele ser ineficaz, sino que puede aumentar el malestar y deteriorar el vínculo que el niño -y nosotros- estamos intentando proteger.
La pregunta deja de ser «¿cómo hago para que deje de hacer esto?» y pasa a ser «¿qué necesita este vínculo para volver a sentirse seguro?».
Las estrategias para ayudar al niño -y a nosotros mismos- a sentirnos cerca aún en la distancia, pueden tomar muchas formas: poner el foco en el reencuentro, ofrecer pequeños rituales que ayuden a mantener viva la conexión, dejar una nota en la valija, recordar que el otro sigue presente aunque esté lejos, hablar del viaje con naturalidad y comprender que muchas de las conductas que aparecen antes de una despedida son intentos —a veces desesperados— de volver a sentir esa proximidad.
Paradójicamente, cuando dejamos de obsesionarnos con controlar el comportamiento y empezamos a responder a la necesidad de apego que lo origina, la alarma comienza a ceder. Con ella disminuye la urgencia de recuperar la cercanía a cualquier precio y el niño puede salir de la frustración para entregarse al llanto. Ese llanto, lejos de ser un problema, es el camino que le permite aceptar la separación mientras encuentra descanso en nuestro abrazo.
De las separaciones individuales a las separaciones colectivas: del viaje de mi hijo a la final del mundial
Hubo otra coincidencia que me hizo pensar.
La final entre Argentina y España terminó apenas un rato antes de que mi hijo partiera. Mientras nosotros nos preparábamos para despedirnos durante unos días, millones de personas estaban atravesando otra pérdida, incomparable en su magnitud, pero sorprendentemente parecida en algunos de sus mecanismos emocionales.
Durante los días previos, un país entero sintió alarma ante la posibilidad de perder algo valioso. Después llegó la frustración y, con ella, la necesidad de hablar, de buscar explicaciones, de reunirse y de abrazarse.
Mientras intentaba acomodar esa extraña coincidencia entre una despedida íntima y otra colectiva, no podía dejar de hacerme una pregunta: ¿lo que duele es perder la copa? ¿O lo que duele es el riesgo de perder, aunque sea por un instante, esa experiencia de pertenencia y cercanía que el campeonato y la Selección había ayudado a construir?
Quizás la copa nunca fue solamente una copa. Durante semanas fue una excusa para encontrarnos, para abrazarnos con desconocidos, para compartir una ilusión común. Tal vez lo que amenazaba con perderse no era únicamente un trofeo, sino esa experiencia de pertenencia que había logrado reunirnos alrededor de algo más grande que cada uno de nosotros.
Y quizás por eso, cuando terminó el partido, hicimos exactamente lo que hacemos cuando cualquier separación nos duele: buscamos a otros. Necesitamos hablar de lo que pasó, abrazarnos, compartir la frustración y comprobar, una vez más, que los vínculos siguen ahí para sostenernos.
Los vínculos pueden sobrevivir a la distancia
Las separaciones son inevitables. Son parte del crecimiento de nuestros hijos y también del nuestro. No podemos evitar que aparezcan la alarma, la frustración y la búsqueda. No podemos evitar que nuestros hijos extrañen. Tampoco podemos evitar extrañarlos nosotros.
Lo que sí podemos hacer es construir vínculos lo suficientemente seguros como para que la distancia no se viva como una amenaza permanente. Crecer no consiste en dejar de necesitar a quienes amamos. Consiste, más bien, en descubrir que un vínculo seguro puede sobrevivir incluso cuando, por un tiempo, el otro toma un micro y se va.
Y quizás ese sea uno de los mayores regalos que podemos ofrecerles a nuestros hijos: no enseñarles a no extrañar, sino ayudarlos a descubrir que el amor también sabe esperar.