Procesos de adaptación: cuando falta liderazgo adulto

Lo que aprendí acompañando ocho procesos de adaptación en seis años

No escribo sobre los procesos de adaptación sólo desde la teoría o la formación.
Escribo desde el cuerpo vivido.

Acompañé a mi hijo, desde que tenía un año, durante ocho procesos de adaptación en seis años.
Sí, ocho.

Algunos duraron días.
Otros los sostuve durante semanas.
Incluso meses.

Algunos fueron relativamente fluidos.
Otros profundamente dolorosos.

Y si fueron tantos, no fue porque “mi hijo no pudiera”,
ni porque los espacios fueran necesariamente “malos”,
sino porque no todos los procesos estuvieron suficientemente guiados, encuadrados y cuidados.

Y cuando una adaptación no se cuida, deja huella.


Cuando los procesos de adaptación se complican

(y el cuerpo habla)

Muchas de las frases que hoy escucho en familias, yo misma las dije:

“No quiere quedarse.”
“El primer día estaba re suelto y ahora llora y no se quiere despegar.”
“Pero si ya me había podido ir…”
“Dice que no quiere ir más.”

A veces, incluso, el cuerpo habla:

  • enfermedades recurrentes
  • fiebre sin causa clara
  • dolores de panza
  • cansancio extremo

Nada de esto aparece de la nada.
Son señales.
Mensajes de que algo del proceso no está siendo suficientemente sostenido.

Para ver cómo este tipo de procesos de separación pueden transformarse en una posibilidad real —y no sólo en una vivencia dolorosa— podés leer el artículo sobre el primer viaje sin mamá, donde cuento cómo aprendimos a mantenernos cerca incluso en la distancia.

Con el tiempo aprendí algo importante:
cuando una adaptación se vive con mucha angustia o desorganización, eso no siempre se cierra simplemente cambiando de espacio.

Muchas veces deja marcas que reaparecen en adaptaciones posteriores, incluso en contextos distintos.


Respeto, amorosidad… y una gran confusión

Como muchas familias, buscamos espacios más respetuosos, más amorosos, más conscientes.

Y muchas veces lo que encontramos fue sensibilidad y buena intención…
pero también desorientación.

En nombre del respeto:

  • nadie definía tiempos
  • nadie proponía pasos claros
  • todo quedaba librado a “ver cómo se siente el niño”
  • muchas decisiones recaían en familias que atravesaban, quizás por primera vez, una separación difícil

El respeto empezó a confundirse con ausencia de liderazgo adulto.

Y cuando nadie conduce,
el niño queda solo con algo que todavía no puede sostener.


¿Adaptación, familiarización… o procesos de adaptación?

En muchas corrientes de la crianza respetuosa se ha intentado dejar de usar la palabra adaptación, reemplazándola por familiarización, integración, transición u otros términos.

La intención es buena:
correrse de la idea de que el niño “tiene que adaptarse” a cualquier costo.

Pero en ese movimiento, a veces perdemos de vista algo fundamental:
se trata, efectivamente, de un proceso adaptativo real.

La adaptación no es sólo un concepto educativo.
Es uno de los procesos madurativos a través de los cuales los niños crecen.


Qué es un proceso adaptativo

Un proceso adaptativo se pone en marcha cuando el niño se encuentra con una realidad que no puede cambiar.

Y la emoción que pone ese proceso en movimiento es la frustración.

La frustración aparece cuando algo no sucede como el niño quiere:
cuando las condiciones son distintas a las del hogar,
cuando hay reglas, límites, otros tiempos,
otros deseos que no coinciden con los propios.

Si este proceso puede desplegarse, la frustración se transforma en tristeza.
En un duelo por lo que no fue o no puede ser.

Y es justamente ese pasaje —de la frustración a la tristeza—
el que permite la adaptación.

Cuando este pasaje no logra desplegarse,
la adaptación se dificulta.


El doble rol adulto en los procesos de adaptación: futilidad y consuelo

Para que un proceso adaptativo pueda darse,
los adultos necesitamos cumplir un doble rol que muchas veces resulta confuso:

ser los agentes de la futilidad,
y al mismo tiempo, los ángeles del consuelo.

Es decir:
sostener un límite que no se negocia
y acompañar emocionalmente lo que ese límite despierta.


Para adaptarse, los límites deben ser claros y firmes

En los procesos que se vuelven largos e indefinidos suele instalarse la confusión.
En el niño.
En los mapadres.
En la institución.

Se pierde de vista quién lidera el proceso.

¿Quién decide hasta cuándo?
¿En base a qué?
¿Quién sostiene el límite?

Muchas veces se pone el foco exclusivamente en las necesidades del niño
y se pierde de vista algo esencial:

la separación es una decisión adulta.

Está motivada por las reglas de nuestra sociedad
o por la necesidad de los mapadres de dedicarse a otras actividades,
necesarias —o no— para la supervivencia.

Pero no es, en general, una decisión del niño.

Si el niño eligiera voluntariamente separarse,
probablemente la adaptación no sería un problema.

Pero el niño suele ofrecer resistencia.
Quizás no al principio,
pero cuando comprende que esto no es algo pasajero,
tarde o temprano aparece.

Especialmente cuando aún no ha construido un vínculo
con los adultos que lo van a cuidar.

“No, gracias. Me gustó jugar este ratito,
pero ahora quiero volver con mi mamá.”


Liderar no es empujar

Si la decisión es adulta,
los responsables de liderar el proceso somos los adultos:
mapadres e institución.

Eso implica generar acuerdos claros
y encontrar, juntos, la mejor manera de llevarlos a cabo.

Recién ahí aparece la observación sensible del niño:
para diseñar un proceso posible para ese niño en particular.

No podemos esperar que el niño suelte su propia agenda libremente.
La agenda de no separarse de sus figuras de apego.

Y esa agenda no se basa en ningún plan racional,
ni en una decisión consciente.

Se sostiene en las emociones más básicas e instintivas
que tenemos los seres humanos.

En el cuerpo.
En el sistema de alarma.
En la necesidad primaria de cercanía, protección y sostén.

Por eso, pedirle a un niño que “elija” separarse
es desconocer la naturaleza misma de ese vínculo.

Antes de soltar esa agenda, el niño necesita atravesar un duelo:
el duelo que aparece cuando comprende
que eso no podrá realizarse.

Ese “no” —claro, firme y amoroso—
necesita ser sostenido por los adultos, en conjunto.

Decidir cuándo atravesar ese umbral
requiere observar al niño,
pero también asumir los tiempos que nos impone la realidad.


Para adaptarse, el corazón tiene que estar blandito

Pedirle a un niño que se adapte
implica pedirle que sienta.

Que pueda frustrarse.
Que pueda entristecerse.

Y para eso, su corazón tiene que estar blando, no endurecido.

Un corazón permanece blandito cuando el niño se siente lo suficientemente seguro
como para expresar todo su mundo emocional.

Incluso aquellas emociones con mala prensa.
Como la frustración.
Como la tristeza.

Sin ser reprimido.
Sin ser minimizado.
Sin ser apurado.

En otras palabras:
cuando se siente amado incondicionalmente.


La tristeza como emoción vulnerable

La tristeza es una emoción profundamente vulnerable.

Mostrarnos tristes frente a alguien implica confianza.
Implica apego.

Por eso, para que el proceso adaptativo funcione,
el niño necesita adultos que puedan:

  • alojar su frustración
  • ponerle nombre a lo que siente
  • no apurar el proceso
  • saber cuándo y dónde es posible expresarlo

Acompañar no es sólo permitir que el niño sienta.
Es ayudarlo a reconocer, nombrar y expresar lo que le pasa.


Los procesos de adaptación implican también otras frustraciones

(aunque no siempre en el espacio)

Adaptarse implica muchas pequeñas frustraciones.
Además de separarse de sus mapadres,
el niño se encuentra con:

  • reglas distintas a las de casa
  • otros tiempos
  • otros niños que no quieren lo mismo
  • límites que no se negocian
  • esperas

Y algo importante:
no siempre la frustración aparece en el espacio educativo.

Es muy común que el niño se “sostenga” durante su estadía.
Que su sistema adormezca sensaciones emocionales y corporales.
Y que la frustración aparezca recién al volver a su espacio seguro.

Eso no significa que el proceso no esté funcionando.
Muchas veces significa que está funcionando bien.

A medida que el vínculo con los referentes adultos del espacio se fortalece,
el niño podrá empezar a expresar algo de esas emociones también allí.


El rol de la institución: guiar los procesos de adaptación

La institución tiene una responsabilidad indelegable:

  • observar
  • proponer
  • encuadrar
  • ajustar
  • comunicar con claridad

No puede dejar el proceso enteramente en manos de las familias
ni improvisarlo día a día.

Para que una familia confíe,
alguien tiene que asumir el liderazgo.

Cuando hablo de liderazgo no me refiero al control ni a la imposición,
sino a la capacidad adulta de encuadrar, sostener
y dar dirección con presencia.

Para profundizar en cómo los límites —entendidos como estructuras que ordenan, cuidan y contienen sin dañar el vínculo— pueden acompañar a los niños a sentirse más seguros y confiados, podés leer el artículo
Límites para crecer: cómo poner límites a tu hijo/a sin dañar el vínculo.


El rol de los mapadres: transmitir confianza

Los mapadres no diseñan el proceso solos,
pero sí transmiten el mensaje al niño:

«Esto es lo que vamos a hacer.
Y estoy acá —o tu maestra está acá— para acompañarte.”

El niño sigue a quien se muestra seguro.
No a quien duda, aunque ame profundamente.


Para cerrar (y abrir)

La crianza respetuosa no es ausencia de dirección.
Es liderazgo consciente.

En los procesos de adaptación,
el mayor acto de respeto no es soltar al niño en la incertidumbre,
sino sostenerlo y guiarlo mientras algo nuevo se construye.

Quizás la pregunta no sea:

¿El niño puede adaptarse?

Sino:

¿Quién —y cómo— está guiando hoy el proceso?


Y una invitación

Escribo este artículo desde la experiencia, no sólo desde la teoría.
Porque acompañé varios procesos de adaptación.
Algunos fueron cuidados.
Otros dejaron marcas.

Si querés conocer más sobre mi recorrido personal y profesional en el mundo de la crianza y la educación en la primera infancia, podés leerlo acá.

Podés encontrar más recursos y acompañamiento en nuestros talleres, incluyendo el taller Límites para crecer, donde exploramos cómo sostener límites amorosos que ordenan sin dañar el vínculo.

Y si estás atravesando una adaptación que se siente confusa, estancada o dolorosa,
podés escribirme o agendar una videollamada de acompañamiento
para pensar juntos el proceso, ordenar el encuadre
y volver a construir confianza.

A veces no hace falta cambiar de espacio.
A veces hace falta volver a mirar -hacia adentro y hacia afuera-
y eso transforma completamente la experiencia.

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