Objetos de apego y procesos de adaptación: no era un juguete, era un sostén

Objetos de apego, adaptación y la sensibilidad adulta que hace la diferencia

Cuando pensamos en procesos de adaptación, solemos poner el foco en el niño:
si puede, si le cuesta, si llora, si “se adapta”. Pero hay algo que muchas veces queda fuera de la escena:
los objetos de apego. Esos objetos que no son un capricho, ni una regresión, ni una debilidad.
Son, muchas veces, el sostén invisible que vuelve posible la separación.


Una escena que dice mucho (Toy Story 4) sobre los objetos de apego

Hay una escena que siempre vuelve a mí.

La niña llega a su primer día de orientación en el jardín al que asistirá.
Hay una regla clara: no se pueden traer juguetes.
La maestra la recibe y, casi de inmediato, la deja sola en una mesa con algunos útiles para hacer una actividad.

Otro niño se acerca, le saca los útiles.
Algunos caen a la basura.

La niña queda herida. No hace escándalo.
Pero algo se quiebra.

Woody observa la escena y hace un gesto mínimo, pero crucial:
rescata de la basura algunos de esos objetos y los vuelve a poner sobre la mesa.

Gracias a esa pequeña ayuda —ese escalón— la niña crea su propio juguete–compañero: Forky.
Se apega a él rápidamente.

Entonces ocurre algo muy importante.

La maestra se acerca y reconoce su creatividad.
La niña le presta su voz a Forky y lo presenta.
Y la maestra responde:

“Mucho gusto, Forky. Es un placer.”

Ese gesto no es menor.
La maestra reconoce el vínculo.
No lo ridiculiza, no lo ignora, no lo tolera apenas: lo valida.

Forky existe porque alguien lo nombra.
Porque alguien entra, aunque sea por un instante, en el mundo emocional de la niña.

Cuando la niña se reencuentra con los padres lo primero que hace es mostrarles a Forky.

Y cuando vuelve a casa, vuelve feliz.
“Se hizo un nuevo amigo”.

La película no habla sólo de resiliencia infantil.
Habla de sensibilidad adulta:
de un Woody que protege el apego
y de una institución capaz de reconocerlo.


No es resiliencia infantil, es sostén

Muchas veces celebramos al niño “fuerte”, “independiente”, “resiliente”.
Pero en escenas como esta, lo que marca la diferencia no es la fortaleza del niño, sino la sensibilidad adulta.

Ese pequeño permiso:

  • no evita la separación
  • no impide la adaptación
  • la vuelve posible

Mi propia historia con los objetos de apego

Laguito, mi peluche preferido

Cuando era chica, llevaba todos los días al jardín mi peluche preferido.
Lo llamaba Laguito.

Como tercera hija, no solían comprarme muchas cosas.
Heredaba casi todo.
Tenía una hiperconciencia de la realidad económica de mis padres.
“No pedir” era un mandato, y se me felicitaba por ser poco demandante.

Ese peluche estaba dentro de lo aceptable:
económicamente y también estéticamente.

No me separé de él durante muchos años.

Lloré cuando la directora del jardín dijo que ya no era buena idea seguir llevándolo, aunque lo dejara en una repisa de la sala.
Y años después, lloré desconsoladamente cuando lo perdí.

Tenía diez años.
Fue en un viaje familiar a Bariloche.

Ese viaje fue caótico:
lleno de frustraciones, planes fallidos, miedos y somatizaciones,
y un trayecto en auto ida y vuelta más largo de lo que había vivido hasta entonces.

Fue, además, el último —y uno de los pocos— viajes familiares antes de la separación de mis padres.

En algún momento, al abrir la puerta del auto en una estación de servicio, Laguito se cayó.
No me di cuenta en el momento.
Cuando lo noté, ya no estaba.

Esa noche lloré desconsoladamente.

Hoy sé que no lloraba sólo la pérdida de un objeto.
Lloraba la pérdida de un sostén,
en un contexto donde casi todo lo demás también se estaba desarmando.


Cuando el reconocimiento adulto hace la diferencia

Aun así, no todas las experiencias con ese jardín fueron de rechazo.

Recuerdo un acertijo en clase.
Sobre el escritorio de la directora del jardín – que era también mi maestra de preescolar- había un vaso y un plato hondo, ambos con arroz.

La pregunta era:

“¿Dónde hay más arroz?”

Todos respondieron lo mismo: en el vaso.
Yo fui la única que, con timidez pero convicción, dijo: en el plato.

La directora había prometido un premio.

Esa noche, en medio de una tormenta, vino a traerme ese premio a casa:
un corazón de lapislázuli, de un azul profundo y enigmático.

Esa misma persona que me había sacado a Laguito, mi leoncito azul.

Me lo trajo a mi casa.
No lo tenía preparado.

Yo estaba en preescolar, terminando el jardín.

Ese gesto no borró la tristeza por la separación de Laguito.
Ni el duelo por el fin de una etapa.
No la negó.
No la evitó.

Pero hizo otra cosa.

Ese corazón fue un reconocimiento.
Un reconocimiento a mi forma particular de ver,
a mi sensibilidad.

No fue un reemplazo del peluche.
Fue otra cosa.

Hoy entiendo que ese objeto no me sostuvo sólo en ese momento,
sino en la transición que vino después:
el pasaje a la primaria, que esa misma maestra acompañó.

Y más tarde, muchas otras transiciones.

Ese corazón me acompañó —y me acompaña—
en situaciones desafiantes,
en momentos de cambio,
en pasajes donde algo se termina y algo nuevo empieza.

No porque tenga un poder mágico,
sino porque guarda una experiencia profunda:

la experiencia de haber sido vista.

De que alguien pudo reconocer mi necesidad,
mi singularidad,
sin pedirme que fuera otra.

Hoy ese lapislázuli funciona como amuleto.
Pero no lo fue entonces.

Entonces fue vínculo.
Fue continuidad.
Fue una forma de no quedar sola del todo
mientras algo nuevo se construía.



Qué son (y qué no son) los objetos de apego

Un objeto de apego —u objeto transicional—:

  • no reemplaza al adulto
  • no debilita la adaptación
  • no “malcría”

Cumple una función fundamental:
permitir la cercanía en la distancia.

El niño no se queda solo.
Se separa con algo que lo conecta.

Puede ser un objeto elegido por el niño o podemos elegir un objeto nuestro y dárselo en el momento de la separación.

También podemos poner fotos, cartas y otros objetos simbólicos que lo ayuden a sentirse cerca en la distancia dentro de su mochila. Dependerá de la edad y preferencias del niño lo que funcione, y lo que no.


Cuando las reglas no alcanzan

Muchas instituciones prohíben estos objetos en nombre del orden, la igualdad o la autonomía.

Pero una regla, sin lectura vincular, puede volverse ciega.

La pregunta no debería ser:
¿Está permitido o no?

Sino:
¿Qué está sosteniendo hoy a este niño?


Para cerrar

No era un juguete.
No era basura.
No era debilidad.

Era apego.
Era continuidad.
Era sostén.

Y cuando eso se cuida, la adaptación deja de ser una prueba de resistencia
y se vuelve un proceso acompañado.

Este artículo dialoga con el texto sobre procesos de adaptación y liderazgo adulto, donde desarrollo cómo se sostienen estas transiciones cuando adultos e instituciones pueden leer lo que está en juego.

Las imágenes de Toy Story 4 pertenecen a © Pixar Animation Studios y se utilizan con fines ilustrativos y de análisis cultural.

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *