Libros «infantiles» que no infantilizan

Leer con un niño es también leer con el niño que fuimos

Los libros «infantiles» son libros supuestamente para niños
Pero cuando leemos junto a un niño,
no sólo acompañamos su lectura.

También se activa algo propio:
recuerdos, sensaciones, preguntas
del niño que fuimos.

Ese movimiento interno
nos corre del lugar del adulto que sabe
y nos acerca a una experiencia más abierta,
más sensible,
menos apurada por entender o cerrar.

Desde ahí, no cualquier libro nos convoca.

Libros «infantiles» que transforman la mirada adulta: leer para acompañar, no para enseñar

Muchos libros «infantiles» no vienen a tranquilizarnos.
No traen moralejas claras
ni finales cerrados.

Vienen a hacernos preguntas.

Eso -para mí- los hace valiosos.
Y no es casual que sean esos libros
los que mejor dialogan con la infancia.

Porque cuando el niño que fuimos está presente,
la responsabilidad adulta ya no pasa por explicar o dirigir,
sino por cuidar lo que está creciendo,
aun cuando no lo comprendamos del todo.

Si te interesa profundizar en cómo se transforma la mirada adulta en la práctica, podés leer sobre nuestros encuentros de juego y acompañamiento.

Cuando los libros «infantiles» no dan respuestas

Hay libros «infantiles» que no infantilizan.
No sobre-explican.
No enseñan “qué hacer”.
No dicen quién tiene razón.

Proponen otra cosa:
un espacio para registrar lo que nos pasa mientras miramos.

La incomodidad.
La resistencia.
La emoción.

Y desde ahí, quizás,
una transformación.

Esta forma de acercarnos a los libros dialoga también con otras experiencias estéticas,
como el cine, donde no buscamos mensajes claros ni respuestas rápidas,
sino escenas que nos conmueven y nos obligan a revisar la mirada.

Algo de esto aparece también en el artículo Cine y maternidad,
donde pensar la infancia y la crianza se vuelve una experiencia sensible,
más cercana a sentir que a explicar.

Los libros de los que voy a hablar a continuación
no ofrecen respuestas cerradas ni mensajes tranquilizadores.

Cada uno, a su manera,
nos invita a habitar la pregunta,
a sostener la tensión,
y a revisar nuestra mirada adulta
frente al cuidado, el vínculo y la autonomía.

Son libros que no vienen a enseñar a los niños,
sino a interpelarnos a nosotros
en la forma en que acompañamos la infancia.


1. Soltar el control, sostener el vínculo

Waterloo y Trafalgar — Olivier Tallec

La contravoluntad como necesidad, no como amenaza

Waterloo & Trafalgar pone en escena algo muy conocido para quienes acompañamos infancias:
el choque de voluntades.

Dos fuerzas que se oponen.
Que se empujan.
Que resisten.

En el vínculo mapadre–hijo, cuando frente a la resistencia infantil respondemos con más resistencia, entramos en un loop difícil de desarmar.
A cada no del niño, otro no del adulto.
A cada gesto de oposición, una contraofensiva.

El enfrentamiento se agrava.
Y lo que empieza a ponerse en riesgo no es la conducta,
sino el vínculo.

La contravoluntad infantil —esa necesidad de decir no, de oponerse, de diferenciarse—
no es un problema a apagar.
Es una condición necesaria para el desarrollo de la individualidad.

Los niños necesitan poder separarse
sin sentir que, al hacerlo, ponen en peligro el apego.

Es paradójico pedirles que sean más autónomos
mientras asfixiamos cualquier expresión de oposición.
Que reclamemos independencia
apagando una y otra vez sus intentos de diferenciarse.


Dos mundos, dos miradas

Waterloo es azul.
Trafalgar es naranja.

Cada uno habita un mundo del color que lo representa:
sus objetos, sus trincheras, sus territorios.

Colores opuestos en la rueda cromática.
Diferentes, pero complementarios.

A primera vista, sus mundos parecen incomunicados.
Enfrentados.
Irreconciliables.

Cada uno vive encerrado en su propio punto de vista,
con un encuadre recortado de la realidad
que no le permite ver que esos territorios,
más que enfrentados,
están profundamente conectados.


La permeabilidad del encuentro

A medida que avanza la historia, algo empieza a filtrarse.

Los mismos fenómenos climáticos afectan a ambos mundos.
La música, los gritos y sonidos invaden el territorio del otro.
Los mismos seres los visitan:
un caracol,
un pájaro.

Cada uno reacciona a su manera.
Cada uno tiene sus gustos, sus hábitos, su personalidad.

Lo único que parece unirlos a la distancia
es el conflicto,
la enemistad declarada.

Hasta que, por un pájaro,
al poner un huevo,
nace algo nuevo.

Ni azul.
Ni naranja.

Azul y naranja.

Y sus cuerpos se desplazan.
Cambian de lugar.
Se mueven.

Y con ese movimiento,
cambia el punto de vista.


Del enemigo al otro

Cuando finalmente se encuentran,
Waterloo y Trafalgar se reconocen,
sueltan las armas.
y se abrazan.

El libro deja una pregunta abierta y potente:
¿es el otro un enemigo…
una amenaza para mi individualidad,
o es el punto de vista el que lo vuelve enemigo?

Cuando el encuadre se amplía,
cuando el cuerpo se mueve,
cuando la mirada se corre del lugar fijo,
lo que parecía irreconciliable
se vuelve encuentro.


Una lectura para la crianza

Hay libros que, con muy poco, dicen muchísimo.
Waterloo y Trafalgar es uno de ellos.

Con una narrativa mínima, casi sin palabras,
aunque una «banda sonora» riquísima,
pone en escena algo profundamente humano:
dos fuerzas que se oponen,
que se empujan,
que tironean.

Dos miradas sobre un mismo mundo.
Dos formas de habitarlo.

Waterloo & Trafalgar no propone acuerdos rápidos
ni soluciones tranquilizadoras.

Frente a lo que nos resulta disonante,
solemos intentar ignorar, callar, controlar o eliminar:
en los otros,
en los niños,
o en nosotros mismos.

Pero eso no nos vuelve más fuertes.
Nos vuelve más rígidos.
Más solos.
Más vulnerables.

El libro no ofrece una victoria.
No señala un culpable.
No borra al otro.

No propone que uno gane y el otro pierda.
Propone sostener la tensión.

Muestra, con una precisión notable,
que el conflicto no se resuelve desde el control,
sino desde la posibilidad de mirar al otro sin anularlo.

Puntos de vista opuestos.
Distancias que parecen irreconciliables.

Y, sin embargo,
algo se mueve.

Nos recuerda algo fundamental para la crianza y la mapaternidad:

El conflicto se transforma cuando podemos sostener la tensión sin romper el vínculo,
cuando dejamos de oponer resistencia a la resistencia,
y nos animamos a cambiar de lugar
para mirar.

Esta idea también circula en las experiencias que compartimos en nuestros talleres para mapadres, donde exploramos la contravoluntad, los límites y el lazo adulto–niño desde la práctica y la observación.


2. Un libro que crece con nosotros

Dos alas — Cristina Bellemo & Mariachiara Di Giorgio

Hay libros que no llegan para ser entendidos de inmediato.
Libros que incluso pueden parecernos ajenos, extraños o inoportunos cuando aparecen en nuestras manos.

A veces los compramos y quedan ahí.
Años.
Esperando.

No porque no digan nada.
Sino porque todavía no estamos en el tiempo de escucharlos.

Dos alas fue uno de esos libros.

Lo compré hace años, sin leerlo.
Reconocí las ilustraciones de Mariachiara, lo hojeé un poco
y tuve la sensación de haber encontrado un nuevo tesoro…

Pero recién cuando me senté con mi hijo a leerlo,
con todo el tiempo del mundo,
descubrí la belleza de sus palabras
y la profundidad de su mensaje.


Una historia que no se apura

La historia de Dos alas comienza con el señor Guillermo,
un anciano que vive solo con su gato.

Un día, en el jardín de enfrente de su casa,
encuentra algo extraño:
un par de alas.

Desconcertado, intenta encontrar una explicación.
Recorre la ciudad.
Pregunta.
Busca al dueño de esas alas.
O al que se las envió -seguramente por error-.

Nadie le cree.
Se ríen de él.
Piensan que está loco.

El señor Guillermo vuelve a su casa frustrado.
Intenta ignorarlas. Pero el tiempo pasa y las alas siguen allí.

Y entonces decide acercarse
y observarlas bien.

Se anima a tocarlas. Y con su suavidad
descubre también que
las alas están aferradas a la tierra.

Nadie las había traído.
Ni se las habían olvidado.
Las alas habían brotado de la tierra.

Y entonces recuerda.

Recuerda que cuando era niño
había enterrado en ese mismo lugar
una caja con tesoros.

Objetos de apego.
Objetos de transición.

Símbolos de momentos importantes de su historia,
como esos objetos que sostienen, acompañan y enlazan
en los primeros procesos de separación,
algo que también desarrollamos en el artículo
Objetos de apego y procesos de adaptación.

Y se pregunta:
¿de cuál de esos objetos habrán brotado estas alas?


Cuando aceptar es más importante que entender

El libro no responde esa pregunta.

No explica el origen de las alas.
No lo aclara.
No lo ordena.

El señor Guillermo deja de buscar explicaciones.
Acepta que las alas estén ahí.
Acepta que, quizás, no todo necesita ser comprendido.

Y empieza a cuidarlas.
Las riega.
Las desmaleza.
Las protege.

Desde afuera,
quienes pasan creen que está cada vez más loco.
Pero algo se va ordenando por dentro.

El cuidado, sostenido en el tiempo,
va haciendo su trabajo.


El sentido aparece después

Un día, como siempre,
el señor Guillermo se levanta.
Desayuna con los colores del amanecer.

Sale al patio.
Se pone las alas.

Y vuela.

Sobrevuela la ciudad.

El libro no presenta el vuelo como un logro espectacular.
No hay épica.
Hay continuidad.

Como si el vuelo no fuera un acto impulsivo,
sino la consecuencia natural
de haber cuidado algo durante mucho tiempo.


Soltar no es abandonar

Dos alas no romantiza el desprendimiento.
No propone un “dejalo volar” liviano ni idealizado.

Muestra algo más honesto:
que soltar duele.
Que genera resistencia.
Que nos confronta con nuestra necesidad de control.

Y sin embargo, también muestra que sostener para siempre
impide el movimiento.

El señor Guillermo asume una responsabilidad nueva:
aceptar lo que es,
cuidarlo,
y verlo crecer…

Aunque no lo comprenda del todo.
Aunque no tenga garantías.

Ahí aparece una idea central, profundamente ligada a la crianza:

No se trata de dejar de cuidar.
Se trata de cambiar la forma del cuidado.

Pasar del sostén que controla
al sostén que nutre y confía..


Un libro que no tranquiliza, pero acompaña

Dos alas no viene a tranquilizar a los adultos.
No trae moralejas claras.
No ofrece instrucciones.

Nos invita a asumir una responsabilidad más profunda:
aceptar lo que aparece,
cuidarlo,
y verlo crecer

Aunque no sepamos todavía
para qué vino,
qué vino a mostrarnos
o a enseñarnos.

Leerlo con un niño
es también aceptar
que el sentido no siempre está al principio.

A veces,
llega después.


3. Cuidar más allá de la especie

Zorrito — Edward van de Vendel y Marije Tolman

En Zorrito conviven muchos relatos al mismo tiempo.

Por un lado, el presente de Zorrito:
un cachorro que sale al mundo,
que explora, que se deja llevar por los olores,
por la fascinación de su cuerpo que ahora puede hacer tantas cosas,
por la sensación de ser uno con el mundo.

Zorrito conquista su yo.
Sus nuevas habilidades le dan autonomía.
Y con ellas, aparece también el riesgo.

Zorrito desafía las reglas que sus mapadres le dieron.
No por desobediencia,
sino porque está probando lo que puede.

Y como todo ser que aprende,
se equivoca.
Se expone.
Se lastima.

En ese recorrido, el libro va y viene constantemente entre dos tiempos:

El presente de la exploración
y el pasado del hogar, el refugio.

Zorrito recuerda la madriguera,
el calor de mamá y papá,
sus consejos,
sus dichos.

Los contradice con sus actos.
Pero los comprende con la experiencia.

Autonomía y dependencia
no se viven como opuestos,
sino como una convivencia paradójica
que se alterna, se necesita y se retroalimenta.


El cuidado aparece donde menos lo esperamos

Hay una escena clave en el libro.

Zorrito queda atrapado.
Su cabeza dentro de un frasco.

Y entonces piensa:

“¡La persona chiquita!
¡La que tiene el ojo grande y hace clic!

Y ufff…
La persona chiquita lo ayuda.
«

Un niño —otro cachorro—
capaz de mirar,
de interesarse,
de cuidar a un ser más pequeño e indefenso.

Un cuidado interespecies.

El libro nos recuerda algo esencial:
el apego es tan fuerte que puede trascender la especie,
incluso darse entre
presas y predadores.

Esta idea del apego interespecies —donde el cuidado trasciende identidades y roles sociales— también aparece con gran sensibilidad en el cortometraje The Short Story of a Fox and a Mouse, una breve historia visual que narra cómo dos seres distintos pueden encontrarse, reconocerse y sostenerse más allá de sus diferencias naturales. Podés verlo aquí: The Short Story of a Fox and a Mouse

Y también nos recuerda que nuestro potencial más grande como seres humanos
no es dominar.
Es cuidar.

Y para cuidar, primero necesitamos haber sido cuidados.

A cuidar no se aprende por explicación.
Se aprende en la experiencia.

Siendo cuidados.
Y también, cuidando.


Intensidad emocional y madurez

Todo el libro está atravesado por una polaridad muy propia de la primera infancia.

La alegría intensa.
La fascinación por el mundo.
La curiosidad sin freno.

Y, del otro lado,
el dolor físico,
la frustración,
el miedo,
la soledad,
la necesidad urgente de un otro.

En la primera infancia, las emociones no se templan.
No se pueden sentir dos al mismo tiempo.
Por eso son tan absolutas.

El clímax del libro lo muestra con crudeza.

Zorrito cae de una colina.
Se golpea contra el suelo.
Parece muerto.

La voz que narra es la de Zorrito,
que se ve a sí mismo desde lejos,
tirado en el suelo.
Al principio, no se reconoce.

Ese desdoblamiento de la conciencia
habla de su madurez:
Zorrito es capaz de autopercibirse,
aunque todavía le cueste reconocerse.

Y allí no es el niño solo quien lo rescata.
Lo sostiene una procesión entera:
los animales del monte
marchan tristes detrás del niño.

Otra vez,
la unión interespecies.
El cuidado colectivo.


Volver al origen para seguir creciendo

Zorrito despierta cuando huele a su familia.
A su mamá.
A su papá.
A sus hermanos.

“Abre los ojos.
Porque todo está bien.”

La experiencia no lo devuelve al punto de partida.
Lo transforma.

Al final, cuando vuelve a ver las mariposas
que lo condujeron a ese salto mortal,
Zorrito decide no perseguirlas.

No porque tenga miedo.
Sino porque aprendió.

Puede regular su impulso.
Puede elegir.

La autonomía ya no es pura fascinación.
Está habitada por la experiencia.


Libros «infantiles» que insisten para que podamos cambiar

Leer con un niño es volver muchas veces al mismo libro, pero no al mismo lugar

Leer con un niño es leer muchas veces el mismo libro.
Pero no es leer lo mismo.

Para un adulto, la repetición puede resultar aburrida.
Nuestra mente busca novedad, avance, cambio.

Para un niño, en cambio, la repetición es necesidad.

En ese volver una y otra vez sobre la misma historia,
el niño no busca sorpresa.
Busca reconocimiento.

En cada nueva lectura aparecen nuevos detalles.
Partes del texto.
Del dibujo.
O de la relación entre ambos.

Elementos que de pronto se vuelven más visibles,
cobran nitidez,
y hacen que el libro sea todavía más maravilloso.

El libro no cambió.
Cambió la mirada con la que lo leemos.


Leer de otro modo es también mirar de otro modo

Y ese movimiento —tan sutil— no se queda solo en la lectura.

Leer de otro modo
nos entrena para mirar de otro modo.

A los niños.
A la infancia.
A nuestro propio rol como mapadres.

Un recorrido que también encontrás en la página sobre mí, donde comparto cómo fue mi propio camino hacia esta mirada.

Por eso, en crEO no hablamos de lectura como una herramienta para enseñar,
sino como una experiencia para acompañar.

Creemos que la mirada no cambia sólo con información.
Cambia con experiencias que nos involucran,
que nos permiten hacer catarsis,
que nos desarman un poco,
que nos obligan a frenar y a observar.

Leer juntos es una de ellas.

No para sacar conclusiones rápidas.
No para aplicar recetas.

Sino para abrir preguntas.

Las que nos vuelven más presentes.
Más disponibles.
Más humanos en la forma de criar y acompañar.


Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *