Por qué el delicado arte de mirar es una parte esencial de acompañar el desarrollo de un bebé.
Hay bebés que llegan al espacio buscando la mirada de los otros. Y hay bebés que primero necesitan aprender que esa mirada puede ser un lugar seguro.
Hace casi un año llegó a crEO una bebé. Al principio no se animaba a mirar demasiado. Porque mirar parecía implicar el riesgo de ser mirada. Cuando alguien la miraba, bajaba la mirada, miraba hacia otro lado, se recogía hacia adentro. Había en su cuerpo algo alerta, algo en guardia.
No todos los espacios son para todos los niños. Antes de llegar a crEO había tenido una experiencia en otro lugar que, evidentemente, no había sido un buen lugar para ella.
Una mirada que sostenga el vínculo pero no invada
Si algo me enseñó esta niña es lo invasiva y alarmante que puede resultar una mirada cuando el otro no está listo para recibirla. Me enseñó a suavizar y alivianar la mirada. A desviarla cuando era necesario. A entender que la mirada puede estimular, puede vivificar. Pero también puede inhibir, incomodar y asustar.
La mirada es una herramienta. Y en algunos niños —los más sensibles, los que captan todo, los que parecen pequeñas esponjas absorbiendo el mundo— la mirada puede tener un doble filo.
Los niños necesitan ser mirados. Pero necesitan ser mirados cuando quieren ser mirados, y no de cualquier forma.
Así como hay bebés que no disfrutan del contacto físico inmediato —y muchos adultos no advierten esto y los tocan o acarician sin esperar un gesto de aceptación— también hay adultos que no son conscientes del poder de su mirada.
Y sin embargo, la mirada también toca. La pediatra húngara Emmi Pikler insistía en algo muy simple y muy profundo: el niño necesita la mirada atenta del adulto, pero una mirada que acompañe, no una mirada que invada.
Con esta niña aprendí a estar presente de otra forma. A dar la bienvenida sin mirar. A mirar con otras partes del cuerpo.
Cuando la curiosidad vence a la alarma
Y con el tiempo esta niña empezó a acercarse a otros bebés y a aventurarse en el espacio. La curiosidad empezó a ganar terreno sobre la alarma.
Su mamá supo generar y cuidar el ambiente para que esa curiosidad pudiera desplegarse. Para que su hija pudiera ir probando, a su ritmo, nuevas formas de estar con los otros. Sin apagar su iniciativa, sin presionarla, sin apurarla.
Y entonces algo empezó a aparecer también: su mirada. Primero tímidamente. Después cada vez con más decisión.
El magnetismo de su mirada
La educadora Magda Gerber, profundamente influenciada por Pikler, decía algo muy simple:
el niño florece cuando se siente verdaderamente visto.
Hoy, cuando esta niña llega al espacio, saluda con todo su cuerpo.
Se agacha, extiende la mano, abre los dedos, la sacude.
Insiste en su gesto hasta obtener una respuesta.
Quiere mirar y quiere que la miren.
Se esfuerza por obtener la mirada del otro, por darle la bienvenida.
Y cuando lo logra, sonríe con una felicidad luminosa, casi extasiada.
Su presencia llena el espacio.
Ese brillo aparece una y otra vez.
Y cuando brilla, brilla en mayúsculas.
El delicado arte de mirar y el disfrute de ser mirado
Sus ojos grandes brillan de fascinación buscando el eco, el diálogo. Así como su sensibilidad es grande y profunda, también lo es su capacidad de empatía. Es algo que me sigue sorprendiendo: siendo tan pequeña, parece medir sus acciones en función del otro. Con los bebés más grandes juega con más energía, con más entusiasmo. Y con los más pequeños se acerca de otra manera, con delicadeza. Adapta su juego y sus movimientos. Se ajusta a las posibilidades del otro.
Hace poco descubrí algo que me conmovió. El nombre de esta niña significa: asombrosa, maravillosa, digna de ser admirada. Algo que merece ser mirado con asombro. Entonces entendí que, tal vez, su nombre ya estaba diciendo todo desde el principio. Solo necesitábamos aprender a mirarla.