El cuerpo del adulto en los procesos de adaptación

Presencia, regulación y memoria en los primeros vínculos fuera del hogar

Cuando hablamos de procesos de adaptación, solemos poner el foco casi exclusivamente en el niño:
en lo que siente, en lo que puede o no puede, en cómo responde frente a la separación. Pero hay algo que queda muchas veces fuera de escena —y sin embargo está siempre presente—:
el cuerpo del adulto que acompaña.

Cuando permanecemos dentro del espacio durante una adaptación, no sólo el niño está adaptándose.
Nosotros también.

Y ese proceso —aunque no siempre lo registremos— se expresa en el cuerpo.


Los niños pequeños leen cuerpos, no discursos

Antes de poder comprender explicaciones, consignas o argumentos,
los niños pequeños leen cuerpos.

Perciben con enorme sensibilidad:

  • nuestra tensión
  • nuestra respiración
  • nuestros gestos
  • nuestras microexpresiones
  • nuestra disponibilidad real

Antes de que puedan ponerlo en palabras, lo sienten en el cuerpo.

Por eso, en un proceso de adaptación, nuestro estado interno forma parte activa de la escena.
No es neutro.
No es invisible.
No queda afuera.

Muchas veces tenemos poca conciencia de esto.
Y también poca capacidad de modificarlo cuando las emociones internas nos dictan otro libreto.


El cuerpo del adulto también está en proceso

Acompañar una adaptación implica, inevitablemente:

  • mirar hacia adentro
  • registrar el propio cuerpo
  • reconocer qué emoción está al mando
  • y, cuando es posible, regularnos

No para fingir calma.
Sino para volverla posible.

Porque un cuerpo adulto regulado no es uno que no siente,
sino uno que puede sostener lo que siente sin desbordar la escena.


Cuando la alarma se enciende en el cuerpo del adulto (y el niño la percibe)

A veces, al observar una escena, algo nos preocupa.
Se despierta una alarma interna.

En algunos casos, esa alarma tiene sentido:
algo del entorno todavía no está claro,
no nos da confianza,
no está suficientemente encuadrado.

Pero en otros casos, esa alarma no pertenece exclusivamente al presente.

Puede estar espejando:

  • una experiencia pasada
  • una situación no elaborada
  • una vivencia traumática propia
  • recuerdos de nuestra propia infancia

El cuerpo no distingue tiempos.
Y nuestros hijos tampoco.

Si estamos en alerta, el niño lo siente.
Y muchas veces responde a esa alarma, no a lo que está sucediendo objetivamente.


Memoria y adaptación en el cuerpo del adulto

En los procesos de adaptación, no sólo se pone en juego la historia del niño.
También se activan historias adultas.

A veces, sin darnos cuenta, estamos reaccionando:

  • no sólo a esta institución
  • no sólo a esta persona
  • no sólo a esta escena

sino a otras separaciones,
otros vínculos,
otras experiencias que quedaron abiertas.

El cuerpo recuerda incluso aquello que no podemos narrar con claridad.

Registrar esto —sin juzgarnos— es parte del acompañamiento respetuoso.


Ver para confiar… y saber cuándo soltar la mirada

Observar es necesario.
Mirar es parte del proceso de confiar.

Pero hay un momento —importante poder reconocerlo—
en el que seguir mirando intensamente deja de ayudar.

Retirar gradualmente la mirada no es desentenderse.
Es habilitar espacio.

Muchas familias intentan leer o mirar desde el borde,
pero el ruido, el movimiento y la exigencia emocional dificultan sostener la atención.

Las pantallas, además, no suelen ser una buena opción:
capturan la atención, generan ausencia
y muchas veces despiertan en el niño la curiosidad
o la necesidad de competir por la mirada del adulto.

Algo que suele funcionar muy bien es llevar una actividad manual y repetitiva:

  • tejer
  • bordar
  • dibujar
  • hacer algo simple con las manos

Las manos ocupadas ayudan al cuerpo a calmarse.
Y un cuerpo más calmo transmite seguridad.


Cuando aparece nuestra propia frustración

En los procesos de adaptación también puede aparecer frustración en los adultos:

  • cuando las reglas no son las que imaginábamos
  • cuando la dinámica del espacio no coincide con el ideal que soñábamos
  • cuando algo nos decepciona
  • cuando el proceso parece estancarse o retroceder

Estas emociones, aunque no las digamos, nublan nuestra mirada.

Y muchas veces no tienen que ver sólo con ese espacio,
sino con otros procesos vitales que nos han marcado.

Poder registrar esto —sin culpas ni autoexigencia—
es parte del cuidado.


Regular no es controlar

Regularnos no significa apagar lo que sentimos.
Significa no dejar que eso tome el mando.

No se trata de “portarse bien” emocionalmente,
sino de hacernos responsables de nuestro estado interno
para no depositarlo en el niño.

Cuando el adulto puede sostener su propio malestar,
el niño no necesita cargar con él.


El cuerpo del adulto como sostén del proceso

En los procesos de adaptación:

  • el niño se apoya en el adulto
  • y el adulto se apoya, muchas veces, en su propio cuerpo

Respirar,
enraizar,
bajar la velocidad,
ocupar el espacio con presencia real.

No para acelerar el proceso.
Sino para volverlo habitable.


La adaptación no ocurre sólo en la mente.
Ocurre en el cuerpo.

En el cuerpo del niño.
Y en el cuerpo del adulto que acompaña.

Por eso, acompañar un proceso de adaptación no es sólo observar al niño.
Es también escucharnos.

A veces, lo que necesita el niño no es que hagamos algo distinto.
Sino que habitemos el proceso de otra forma.

Más presentes.
Más disponibles.
Más en contacto con lo que se mueve en nosotros.

Acompañar una adaptación no es sólo sostener al niño.
Es también aprender a habitar nuestro propio cuerpo en la espera,
en la incertidumbre
y en el proceso.


Algunas lecturas que pueden acompañar este camino

En este sentido, acompañar procesos de adaptación
nos confronta con nuestra capacidad para estar presentes.

Hay dos libros que pueden ser dos grandes aliados para eso:

  • Wherever You Go, There You AreJon Kabat-Zinn
    Un libro sencillo y profundo sobre la práctica de la atención plena en la vida cotidiana. No está escrito para la crianza específicamente, pero ayuda a cultivar una presencia encarnada, paciente y menos reactiva, algo clave cuando acompañamos procesos sensibles como las adaptaciones.
  • Everyday Blessings: The Inner Work of Mindful ParentingJon Kabat-Zinn y Myla Kabat-Zinn
    Un libro fundamental sobre crianza consciente, que pone el foco en el trabajo interno del adulto. No propone recetas, sino una invitación a observar cómo nuestra historia, nuestras emociones y nuestro estado interno impactan —inevitablemente— en el vínculo con nuestros hijos.

Ambos libros nos recuerdan algo esencial:
no podemos acompañar a un niño a regularse si no estamos, primero, en contacto con nosotros mismos.


Para seguir profundizando sobre los procesos de adaptación en la primera infancia

Si este texto te resonó, en otros artículos del blog desarrollo miradas complementarias sobre los procesos de adaptación en la primera infancia:

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *