Cuando “soltar” se vuelve una exigencia
En los procesos de adaptación aparece con mucha fuerza una frase que circula casi como un mandato:
“Para que pueda venir conmigo, primero lo tenés que soltar.”
Muchas veces esta frase se dirige a los mapadres —y especialmente a las madres— como si la dificultad del niño fuera consecuencia de un exceso de apego.
A veces cambia levemente de forma, pero el sentido es el mismo: el problema estaría en quien acompaña, en una presencia que “no suelta” o “no deja ir”.
Sin embargo, cuando miramos con atención lo que ocurre en los cuerpos reales —de los niños y de los adultos— esa explicación empieza a resultar insuficiente.
¿Qué pasaría si el niño no necesitara ser soltado para poder separarse?
¿Qué pasaría si, en realidad, necesitara ser sostenido más que nunca?
¿Qué pasaría si el problema no fuera el exceso de apego?
¿Qué pasaría si el problema fuera nuestra falta de comprensión respecto a los conceptos de apego y separación?
Apego y separación: una falsa oposición
Se suele pensar el apego y la separación -entendida como el proceso madurativo por el que el niño se va diferenciando de sus figuras de apego- como opuestos, como fuerzas que se contradicen.
Esa forma de pensar -que es la que predomina en nuestra sociedad- parecería justificar el «soltá».
Pero en la experiencia viva del desarrollo infantil no funcionan así.
Separarse no es cortar el vínculo, sino poder mantenerse cerca en la distancia.
El apego no es un obstáculo para la autonomía: es su base.
La posibilidad de separarse no nace del desprendimiento forzado, sino de la seguridad de saberse sostenido.
En los procesos de adaptación,
la separación no se facilita cuando se retira la red.
Se facilita cuando la red puede expandirse.
Cuando hay otros adultos disponibles para proveer ese sostén,
hasta que el niño sea capaz de hacerlo por si mismo.
Y ese no es un proceso de días ni de meses, sino de años.
No hay comprensión de la separación sin comprensión del apego
Como plantea Gordon Neufeld, no puede comprenderse la separación sin comprender primero el apego.
Toda mirada reduccionista del apego genera, inevitablemente, una mirada igualmente pobre sobre la separación.
La separación no es solo un hecho físico.
Es una experiencia subjetiva.
No es la separación en sí lo que impacta, sino enfrentar la separación: anticipar una pérdida, un alejamiento, una falta de proximidad o de disponibilidad emocional.
Para el cerebro emocional del niño, la amenaza es suficiente.
Anticipar la pérdida tiene el mismo peso que vivirla.
Cuando hay cercanía física, pero separación emocional
Esto se vuelve muy visible en la experiencia cotidiana.
Hay niños que están físicamente cerca de los adultos, pero no se sienten invitados a existir en su presencia.
No alcanza con “estar ahí”.
Un niño necesita sentir que:
- es querido
- importa
- es bienvenido
Cuando esta invitación falta, aparece separación emocional, incluso sin separación física.
Y muchas veces esto ocurre en nombre de la adaptación.
La adaptación como experiencia real y subjetiva de separación
Desde esta mirada, la adaptación es siempre una experiencia real de separación.
Pero cómo esa separación es vivida por el niño —su intensidad, su tolerancia, su impacto— es profundamente subjetivo.
Depende de muchos factores:
algunos que podemos modificar y acompañar,
y otros que no están bajo nuestro control.
Además, la experiencia de separación en un proceso de adaptación no se limita a la separación de los mapadres.
El apego no se restringe a las figuras parentales.
Los niños pueden estar profundamente apegados a muchas otras cosas.
Una adaptación a un espacio educativo implica separarse de:
- rutinas
- espacios y objetos conocidos
- figuras familiares
- roles
- fantasías que sostenían seguridad
Toda separación de algo a lo que hubo apego significativo impacta.
Por eso, la pregunta central deja de ser:
“¿Por qué no se adapta?”
y pasa a ser:
¿Qué separaciones está enfrentando este niño?
Inseguridad en el vínculo: una experiencia existencial
Otro punto clave para comprender lo que ocurre en la adaptación es entender que la inseguridad no es siempre un error.
La inseguridad también es existencial.
Aparece con el desarrollo, con la individuación, con la integración emocional.
Cuanto más individuados estemos, más claramente caemos en la cuenta de que estamos separados del otro.
Con esa conciencia vienen:
- la posibilidad de pérdida de las personas o cosas a las que estamos apegados
- los límites del control adulto sobre el mundo
- la finitud de la existencia
- la vulnerabilidad y la fragilidad
Desde este lugar, la inseguridad no es algo que deba erradicarse.
Es una consecuencia natural del desarrollo, y todo ser humano debería sentirla eventualmente.
Si nunca aparece, muchas veces lo que hay no es seguridad, sino negación o desapego defensivo.
El problema no es sentir inseguridad, sino quedar solo con ella
Esto cambia profundamente el objetivo del acompañamiento y de nuestro rol como mapadres.
El objetivo no es que el niño no sienta inseguridad, tristeza o miedo.
Eso sería negar el desarrollo y negar la cultura en la que vivimos.
El problema no es sentir inseguridad.
El problema es quedar solo con ella, o que sea mucho más de lo que el niño o la niña puede tolerar.
Aunque no siempre la separación pueda reducirse, sí podemos intentar hacerla más tolerable:
- tendiendo puentes cuando algo nos separa,
- fortaleciendo el vínculo,
- cultivando nuevos vínculos que puedan sostener al niño o la niña en nuestra ausencia.
La red no elimina el vértigo.
Pero evita la caída.
No soltar: ampliar la red
Con esta conciencia, el gesto del mapadre en los procesos de adaptación no debería ser soltar al niño al vacío.
Más bien entregarlo en brazos de otro u otros cuidadores.
Cuando se pide “soltar” sin que exista una red visible y sentida, lo que se ofrece no es libertad, sino vacío.
Esto no es una metáfora poética.
Es algo que se ve, se repite y se escucha una y otra vez en las instituciones.
Entregar en brazos: decisión adulta y sostén compartido
Decir que adaptar no es soltar no significa negar la necesidad de una decisión adulta firme.
Al contrario.
Entregar a un niño en brazos de otros implica una decisión previa:
un sí de los mapadres y un sí de la institución.
Lo que ocurre muchas veces es que, cuando desde las instituciones se percibe poca firmeza en esa decisión, lo que se demanda no es mayor sostén, sino desprendimiento:
“Tenés que soltarlo.”
Ahí se produce una confusión profunda.
Lo que se necesita no es desapego, sino más apego y más sostén para que la decisión pueda consolidarse y traducirse en acciones concretas.
Para poder acompañar a un niño, un adulto necesita primero sentirse habilitado en su rol.
El empoderamiento adulto no es soberbia: es condición de cuidado.
Cuando, frente a la fragilidad de esa decisión, la institución se aleja del mapadre en lugar de acercarse, y buscar formas de apuntalar ese sostén, se arma un loop difícil de romper:
- el mapadre se siente juzgado,
- pierde confianza,
- se desorienta,
- y su decisión inicial se debilita aún más.
La institución confirma entonces su lectura:
“¿Ves? No puede soltar.”
Pero el problema nunca fue soltar.
El problema fue haber quedado solo en una decisión y una danza que necesitaba ser compartida.
La adaptación no se sostiene desde actos individuales.
Se sostiene desde gestos relacionales.
No es “hacé esto para que yo pueda hacer aquello”.
Es “hagámoslo juntos”.
La adaptación no es un solo.
Es un pas de deux.
👉 Para profundizar esta mirada sobre el rol conjunto de los mapadres y las instituciones en los procesos de adaptación, podés leer
Procesos de adaptación al jardín: cuando falta liderazgo adulto.
Cuando la libertad llega sin sostén, el niño no es más libre
El vacío no es independencia
Cuando se pide “soltar” sin que exista sostén, lo que se ofrece al niño,
no es respeto, no es libertad, sino vacío.
Y frente al vacío, el niño no se entrega: se defiende.
Puede aferrarse, llorar, desorganizarse, o, a veces, aparentar una independencia temprana que suele leerse como “adaptación exitosa”, pero que muchas veces es sobreadaptación —a expensas de su integridad— o una respuesta defensiva sostenida sobre un desapego previo.
La adaptación no es un acto individual del niño.
Es un proceso relacional.
Es una coreografía entre adultos.
El vínculo no es responsabilidad del niño
Detrás de la consigna “soltá” no solo hay una exigencia dirigida al adulto —una exigencia a la que muchas veces su cuerpo y su intuición se resisten—, sino también algo más profundo y problemático:
la delegación de una responsabilidad adulta en el niño o la niña.
Cuando se pide que el adulto se retire sin que exista un entramado relacional previo, no sólo se deja solo al mapadre con una decisión difícil. Se deja al niño solo.
Se espera, implícitamente, que sea el niño quien haga el trabajo de acercarse, confiar y vincularse con adultos que aún son extraños.
Pero el movimiento de ir hacia otro adulto no debería nacer del vacío o la presión.
Debería nacer de una invitación del adulto, abundante y generosa.
Invitar a un niño a existir en nuestra presencia —tal como es— es uno de los gestos más potentes de cuidado.
La responsabilidad de acercarse, de invitar, de construir confianza y de tejer la relación no es del niño.
Es, siempre, una responsabilidad adulta y compartida.
Hacerlo lo mejor posible
No se trata de negar la cultura en la que vivimos.
Ni de crear condiciones ideales inexistentes.
Se trata de hacerlo lo mejor posible dentro del marco real:
- tomar conciencia de los procesos emocionales, madurativos y vinculares en juego,
- no agregar separación innecesaria,
- sostener al niño —y a nosotros mismos— en lo que inevitablemente duele.
Adaptar no es soltar.
Es ampliar la red.
Es no agregar soledad a lo que ya duele.
Es sostener la inseguridad cuando aparece.
Es, en definitiva, una tarea adulta más que del niño o la niña.
Adaptar es tejer (juntos)
Adaptar no es soltar al niño.
Es entregarlo en brazos confiables.
Es decidir entre adultos y sostener esa decisión en el tiempo.
Es planificar con sensibilidad.
Es acercarse cuando el otro duda, no alejarse.
La adaptación no es un solo.
Es un pas de deux.
No dejar al niño en el vacío,
sino tejer, entre todos los adultos involucrados,
una red suficientemente firme
para que pueda separarse
sin quedar solo.