Hacer los procesos de adaptación más habitables: estrategias para acompañar sin apurar

Estrategias para adultos en procesos de adaptación

Cuando hablamos de procesos de adaptación, no hablamos sólo de emociones.
También hablamos de diseño.

De cómo los adultos pensamos, acordamos y sostenemos el proceso
para que no se vuelva confuso, caótico o excesivamente doloroso:
ni para el niño,
ni para nosotros,
ni para la institución.

Las estrategias no reemplazan el vínculo.
Pero pueden volver el proceso más habitable
cuando están al servicio de una decisión adulta clara
y de una mirada sensible sobre el niño.


Acordar el guión para movernos con seguridad en los procesos de adaptación

Algo que suele descuidarse en los procesos de adaptación
es acordar con los referentes adultos cómo será el proceso.

Cuando no sabemos:

  • cuándo irnos
  • cómo despedirnos
  • qué espera el espacio
  • qué se espera de nosotros

el adulto improvisa.

Y la improvisación genera inseguridad.

Conocer el “guión” no vuelve rígido el proceso.
Lo vuelve habitable.

Saber qué viene nos permite movernos con mayor seguridad,
y esa seguridad es la que el niño toma como referencia.


La importancia de la gradualidad en los procesos de adaptación

(no del apuro)

En los procesos de adaptación, muchas veces la pregunta gira en torno al tiempo:

  • si es rápido o lento,
  • si “ya debería” quedarse,
  • si “ya pasó mucho”.

Pero hay algo más importante que la velocidad:
que el proceso sea gradual.

Los tiempos muchas veces no los elegimos libremente.
Hay necesidades externas:

  • la reincorporación al trabajo
  • las dinámicas institucionales
  • los grupos grandes que necesitan ordenarse

Eso es real.

Y aun así, incluso dentro de esos límites,
hay algo que sí podemos cuidar:
que los cambios no sean abruptos ni sorpresivos.


Qué habilita la gradualidad

La gradualidad permite que el niño:

  • se apoye en lo ya logrado
  • anticipe el próximo paso
  • sienta: “pude esto, puedo un poco más”

Esto es especialmente importante en niños altamente sensibles.
que registran con mucha claridad
cuándo algo se les viene encima
y cuándo pueden pararse con seguridad en el escalón anterior.

Para profundizar, podés ver este recurso: The Highly Sensitive Child


Escalonar el desafío

Un proceso gradual no implica hacer siempre lo mismo.
Implica aumentar el desafío de a poco,
a medida que crece la confianza.

Por ejemplo:

  • primero el mapadre está dentro de la sala,
  • luego sale un ratito a un espacio contiguo,
  • después al pasillo,
  • más adelante, se va y vuelve a buscarlo.

Lo mismo con el tiempo de permanencia del niño en el espacio:

  • al principio, estadías breves,
  • luego, tiempos un poco más largos,
  • a medida que el adulto también puede retirarse con más confianza.

Hay una lógica en este orden.
Y cuando se respeta, el proceso se vuelve más habitable
para el niño y para todos los demás.


Gradual no es indulgente, es inteligente

La gradualidad no es sobreprotección.
Es diseño consciente del proceso.

No es mucho–poco–mucho.
No es hoy todo, mañana nada.

Es construir una secuencia
que el cuerpo del niño pueda seguir.

Cuando esa secuencia existe,
la adaptación no necesariamente duele menos,
pero se vuelve más posible.


Los procesos de adaptación no empiezan el primer día

Muchos de los malestares en las adaptaciones llevan a los mapadres a consultar por el cómo.
Buscan tips, consejos o instrucciones claras para destrabar el proceso y avanzar.

Pero, si bien los guiones y las estrategias pueden ser útiles,
hay algo previo que no siempre se nombra:
la decisión.

La adaptación no empieza el primer día de asistencia.
Empieza antes.

Empieza cuando los mapadres pueden decir un sí claro:

  • Sí, confiamos en esta institución.
  • Sí, entregamos a nuestro hijo en manos de estas personas.

Y cuando la institución puede responder con otro sí:

  • Sí, recibimos a este niño y a esta familia.
  • Sí, nos hacemos responsables de este vínculo.

Sin ese doble sí, no hay coreografía posible.
Y sin coreografía, el niño queda expuesto a un espacio sin sostén.

Ese acuerdo previo es fundamental porque le permite al niño percibir
que los adultos no están en tensión entre sí,
que hay un sostén compartido
y seguridad en el rumbo.

Cuando los adultos dejan de ser extraños entre sí,
el niño deja de estar solo frente a la separación.


Planificar la coreografía del sostén en los procesos de adaptación

Gestos, tiempos y acuerdos visibles

Recién después de esa decisión compartida puede venir la planificación.

No una planificación rígida o estandarizada,
sino una planificación sensible de los gestos,
como una coreografía.

Por ejemplo:

  • miradas de reconocimiento entre adultos
  • gestos acordados
  • rituales de llegada y despedida
  • presencias que se relevan y habilitan un retiro gradual
  • tiempos compartidos
  • objetos de transición y apego que permitan mantenerse cerca en la distancia

Son acuerdos que el niño percibe,
aunque no se expliciten con palabras.

El nivel de anticipación con que se prepara al niño o la niña
depende de cada caso.
Algunos niños no se llevan bien con la anticipación excesiva,
porque puede generar más inseguridad que seguridad.

Somos los adultos quienes manejamos la información
y la dosificamos para no tomar al niño por sorpresa.

Ese entretejido no se improvisa en medio del llanto.
Se piensa antes.
Se cuida.
Se revisa.

👉 Para profundizar sobre los objetos de apego y cómo pueden ayudar en estos procesos, podés leer
Objetos de apego y procesos de adaptación: no era un juguete, era un sostén.


Cuando la intuición ya no alcanza

(un escenario social distinto)

Durante mucho tiempo, estos procesos se daban de manera más intuitiva.

Los bebés crecían rodeados de personas que ya conocían:
familiares, vecinos, comunidad cercana.
Lo que Gordon Neufeld llama a village of attachment
(una tribu de apego).

Hoy, como estamos organizados socialmente en familias nucleares
—cada vez menos numerosas—,
partimos de una desventaja.

Los niños llegan a instituciones habitadas por adultos que nunca vieron.

Justamente en otro artículo profundizo en por qué adaptar no es soltar, sino ampliar la red de sostén para que la separación sea posible sin quedar solo.

Nuestra intuición no está fallando:
está desencajada.
Fue moldeada para otros contextos.


Escuchar el cuerpo y pensar con emoción

Trabajar con nuestras emociones, no en contra

No estamos biológicamente preparados para entregar a nuestros hijos
a personas desconocidas.
Y los niños tampoco están preparados, de entrada,
para vincularse con extraños.

Cuando ignoramos esto, no estamos acompañando la adaptación:
estamos forzando algo que nuestro cuerpo e instinto rechazan.

El desafío no es resistir nuestra biología ni “superarla”,
sino trabajar con ella y no en contra.

Usar los instintos, las emociones y el apego a favor.

Aquí aparece una capacidad específicamente humana:
la capacidad de observar, reflexionar, decidir, planificar
y diseñar estrategias cuidadosas.

Adaptar no es apagar la emoción.
Es pensar con emoción.


Observar para avanzar

Gradualidad con dirección

Gracias a la observación sensible del niño,
a la lectura de lo que ocurre en los vínculos
y a la escucha de lo que también se mueve dentro nuestro como adultos,
podemos ir midiendo la gradualidad del proceso
sin perder claridad en la dirección.

No se trata de frenar el camino.
Se trata de cómo lo recorremos.


Nuestra fortaleza como especie

Vincularnos como ventaja evolutiva

Aunque el escenario se presenta como desafiante,
no partimos de cero.

Una de las capacidades más antiguas y potentes de nuestra especie
es vincularnos:
tejer lazos, construir confianza, leer gestos, crear redes de sostén.

Quizás hoy esté un poco dormida,
porque vivimos apurados y bastante aislados.
Pero no desapareció.

Si nos paramos en esa fortaleza natural,
la adaptación deja de ser una lucha contra la biología
y se convierte en un ejercicio consciente de vínculo.

👉 Esta confianza en nuestro potencial humano para vincularnos y cuidar a otros atraviesa también la selección de
Libros infantiles que no infantilizan.

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