El apuro con la verticalidad nace de una falta de confianza

Hay un apuro silencioso que atraviesa la crianza.
Un apuro que no siempre se nombra, pero que se siente.
Que el bebé se siente.
Que el bebé camine.
Que el bebé salga del piso.
Todo parece empujar hacia arriba.
Todo tiende a la verticalidad.
Todo tiende a que el bebé se parezca lo más rápido posible a un adulto.
Y no porque no confiemos en el bebé, sino porque a veces no confiamos en el tiempo.
El tiempo del bebé y el apuro adulto
Los bebés no tienen apuro.
Nosotros sí.
El apuro no es del cuerpo del bebé: es del mundo que lo rodea.
Un mundo que mide, compara, grafica, marca edades promedio y propone hitos como estaciones obligatorias.
No es que la información sea mala.
Es que cuando la información se vuelve mandato, el cuerpo deja de ser escuchado.
Entonces aparece la pregunta, aunque no siempre formulada así:
¿No debería estar haciendo esto ya?
¿Por qué no hace ——- todavía?
¿Es normal que mi bebé todavía no ——-?
Y sin darnos cuenta, el movimiento deja de ser experiencia para volverse resultado.

La lógica de los hitos y la comparación
Tachar casilleros tranquiliza.
Ordena la ansiedad.
Da la ilusión de control.
Pero el desarrollo no es una lista.
No es una carrera.
No es una línea recta que todos recorren igual.
La comparación suele aparecer como preocupación amorosa,
pero a veces es también una forma de escaparle a la incertidumbre.
Porque acompañar un proceso vivo implica tolerar no saber.
Cuando el piso deja de ser suficiente
En algún punto, el piso deja de parecernos un lugar válido.
Un lugar “provisorio”.
Un lugar del que hay que salir.
Sin embargo, para el bebé, el piso no es un escalón previo:
es territorio.
En el piso el bebé:
- se organiza
- se orienta
- se apoya
- se desplaza
- prueba
- cae
- vuelve a intentar
No hay apuro ahí.
Hay presencia.
En un encuentro de juego libre, el movimiento libre en el piso no es un medio para llegar a otra cosa, sino una experiencia en sí misma.


La potencia invisible del movimiento libre en el piso
Un bebé en el piso no está “antes de” ni «para«.
Simplemente está. Simplemente es.
En cada giro, en cada apoyo, en cada desplazamiento, hay una inteligencia corporal enorme.
Una fuerza que no se ve porque no responde al ideal adulto de progreso.
La potencia del piso es silenciosa.
No se exhibe.
No se mide fácil.
Tal vez por eso incomoda.
Porque no se puede acelerar sin interferir.
Separarnos del suelo: bebés y adultos
Algo parecido nos pasa a los adultos.
Desde chicos aprendimos a separarnos del piso.
Suelas blandas.
Amortiguación.
Capas entre el cuerpo y el suelo.
Nos “protegen del impacto”.
Debilitan los apoyos.
Y más tarde, paradójicamente, buscamos deportes de impacto para volver a sentir.
Como si el cuerpo recordara algo que fue olvidado temprano.
Tal vez no sea casual que también a los bebés los apuremos a despegarse del suelo.



La verticalidad como valor cultural
Estar de pie es valioso.
Avanzar es valioso.
Subir es valioso.
Pero crecer no siempre es ir hacia arriba.
A veces es profundizar.
El piso no es atraso.
Es raíz.

Cuidar el sustrato, no forzar el crecimiento
¿Arrancamos un brote de la tierra para que se convierta en árbol antes de tiempo?
¿O cuidamos el suelo, el agua, la luz?
El desarrollo no se empuja.
Se acompaña.
No se acelera.
Se sostiene.
Tal vez la pregunta no sea cuándo va a pararse,
sino qué necesita ahora para crecer íntegro.
Tal vez no sea sacar al bebé del piso,
sino volver a ahí.
Mirarlo.
Permanecer.
Y confiar.

Cuidar el sustrato ayuda a sostener la confianza
Cuidar el sustrato también es crear y habitar contextos reales donde el bebé pueda moverse, explorar y crecer a su propio ritmo.
Como sucede en los encuentros de juego libre para bebés, donde la observación y la presencia sostienen la confianza en el tiempo único de cada bebé.