Un cuerpo disponible: presencia y conciencia para acompañar a un bebé
Cuando hablamos de movimiento libre en bebés, solemos poner el foco en el cuerpo del bebé, en sus tiempos y en su desarrollo motriz.
Pero hablamos poco —o nada— del cuerpo del adulto que acompaña.
Y sin embargo, nuestra relación con el cuerpo, el movimiento, el piso, el peso y el equilibrio tiene un impacto directo en la forma en que acompañamos el desarrollo motriz de nuestros hijos.
No en términos técnicos.
En términos corporales, emocionales y vinculares.
En mi propia experiencia como madre y en crEO, acompañar el movimiento libre en bebés implicó revisar no solo lo que sabía, sino cómo estaba disponible corporalmente.
El piso como lugar de reparación
Durante muchos años quise hacer algo de danza o movimiento, pero no me animaba.
No era una cuestión física.
Mi cuerpo era el territorio donde se expresaba una profunda inseguridad.
Desde muy chica conviví con una relación difícil con mi cuerpo. Una sensación persistente de incomodidad, de exceso, de querer que fuera distinto. Mirarlo, habitarlo, sentirlo, no era algo sencillo. El piso —ese lugar de contacto pleno con el cuerpo— me resultaba ajeno, incluso amenazante.
Fue cuando acepté iniciar un tratamiento a los 17 años que apareció el yoga.
En ese contexto, el yoga no fue una moda ni una práctica más. Fue un puente.
Un modo posible de volver al cuerpo sin violencia.
Y, sobre todo, una forma de volver al piso.
Desde el piso empecé, muy de a poco, a reconstruir una estructura interna para sostenerme. A encontrar apoyos propios. A desarrollar fuerza y, al mismo tiempo, flexibilidad. A tolerar el peso del cuerpo, la quietud, el desequilibrio.
El piso se volvió entonces un lugar privilegiado para iniciar una nueva relación conmigo misma.
Un escenario donde construir autoestima, confianza y seguridad.
Un espacio donde reconquistar un territorio al que, por distintas razones, no había podido acceder en libertad cuando era bebé.
Con el tiempo entendí que ese recorrido —volver al piso, construir apoyos, confiar en el cuerpo— fue también una preparación silenciosa para poder acompañar a otro.



Lo que el contact me enseñó (sin saberlo)
Mucho antes de ser madre, el contact improvisación me había enseñado cosas que recién después pude reconocer:
– soltar el control
– confiar en el peso
– tolerar la pérdida de equilibrio
– no anticipar desde la mente el movimiento del otro
– escuchar con el cuerpo
En el contact, el movimiento no se impone.
Se construye en un diálogo silencioso.
Y eso mismo ocurre cuando acompañamos a un bebé:
no se trata de controlar su movimiento, sino de no obstaculizarlo.
Cuando la información no alcanza
Antes de ser madre había leído algo sobre movimiento libre.
Pero pensaba que era sólo una teoría sobre el desarrollo motriz.
No entendía todavía la relación profunda entre movimiento, juego, vínculo y entorno.
Cuando nació mi hijo, la información estaba ahí, en un lugar abstracto de la mente.
La maternidad transforma el cuerpo, el cerebro y la identidad de una manera tan profunda que muchas ideas leídas durante el embarazo quedan lejos del día a día.
La realidad con un bebé es más intensa, más demandante, más caótica.
Empezaron a llegar consejos, teorías mezcladas, métodos que no terminaban de conversar entre sí.
En ese estado de vulnerabilidad, desorientación y culpa, se armó un cocktail difícil.
La claridad llegó cuando me encontré sola en el piso con mi hijo.
Su cuerpo y mi mirada, mi cuerpo y su mirada.
Y el piso. Superficie firme, confiable, que sostiene y que devuelve información permitiéndole al cuerpo organizarse.
En ese momento, todo lo leído pasó a ser accesorio y recordé algo fundamental: el cuerpo adulto también necesita sostén.
El piso y el movimiento libre en bebés
Cuando puse a mi hijo en el piso por primera vez, no sentí que estuviera “aplicando” una pedagogía.
El piso era un lugar familiar para mí.
Un espacio de descarga, de descanso, de registro corporal. Un lugar donde soltar el peso, perder el equilibrio y volver a encontrarlo.
Armábamos un piso de goma a su medida y nos sentábamos cerca o acostábamos a su lado.
Buscábamos nuestra propia comodidad.
Para poder sostener la mirada.
Observar.
Ese gesto —estar en el piso sin apuro— fue mucho más importante que cualquier información que hubiera leído.



Acompañar el movimiento libre en bebés no es mover
Mi hijo era un bebé muy activo.
Fuerte, despierto, intenso.
Sacudía brazos y piernas con fuerza.
No le gustaba tomar la teta en posición de cuna. Necesitaba impulsarse, apoyarse, acomodar su cuerpo.
Con el tiempo entendí algo fundamental:
no necesitaba que lo movieran.
Necesitaba una superficie firme y estable donde poder sentir sus apoyos.
Nuestro cuerpo.
O el piso.
Muchas veces creemos que se trata de mover a los bebés, de estimularlos, de “hacer algo”.
Pero a veces lo que necesitan es un sostén que no interfiera, un cuerpo disponible, una base donde puedan organizarse por sí mismos.
Esto es algo que se vuelve muy evidente cuando se observa con tiempo y sin apuro lo que sucede en un encuentro de juego libre para bebés.
El movimiento libre no siempre calma.
Pero en general los ayuda a organizarse.









El cuerpo adulto también necesita conciencia
Nuestra relación con el cuerpo y el movimiento puede facilitar —o dificultar— nuestra capacidad para acompañar.
Si el piso nos resulta ajeno.
Si el desequilibrio nos da miedo.
Si necesitamos controlar para sentir seguridad.
Todo eso se cuela, aunque no lo queramos, en la manera en que miramos, sostenemos y tocamos a un bebé.
Por eso, acompañar el movimiento libre de nuestros hijos también nos invita a revisar nuestra propia historia corporal.
No para corregirla.
Sino para volvernos más disponibles.
Un regalo para ellos —y para nosotros
Observar a un bebé moverse libremente, sin intervenir directamente sobre su cuerpo pero permaneciendo atentos y disponibles, tiene algo profundamente transformador.
No sólo para el bebé.
Muchos mapadres que llegan por primera vez a un encuentro crEO expresan, después de un rato de observación, una mezcla de alivio, emoción y gratitud.
Este tipo de experiencia es la que buscamos cuidar y sostener en los encuentros presenciales de juego libre.
Algo en su cuerpo se aquieta.
Algo se reordena.
El movimiento libre es un regalo para los bebés.
Pero también puede ser un regalo para los adultos que los acompañan.
Un camino de ida y vuelta.
Del cuerpo al vínculo.
Y del vínculo al cuerpo.


